Parto respetado no es parto irresponsable.

Terminando la Semana del Parto Respetado, y luego de haber visto y leído tanto en tantos medios, siento que me quedan más interrogantes que respuestas. Es imposible ver la realidad actual, el rechazo de tantas pacientes a la obstetricia tradicional sin plantearnos un sincero y profundo mea culpa. En qué fallamos? Fallamos nosotros, falló el sistema. Falló el paradigma de la antigua medicina. Y ahí donde fallamos, y mientras no nos hagamos cargo de que fallamos, entran los oportunistas. Porque, como dijo una gran amiga, “que parto respetado no sea sinónimo de parto irresponsable”.
Y es irresponsable difundir mentiras. Afirmar que toda intervención en la normal progresión del trabajo de parto es innecesaria. Porque muchas veces las intervenciones médicas no son solamente necesarias sino imprescindibles para salvar la vida de madre e hijo.

La Obstetricia es el arte y la ciencia que viene a aportar las soluciones de las complicaciones del embarazo y del parto cuando alguna eventualidad las desencadena.
Si bien el parto es y ha sido durante miles de años un hecho natural, no podemos dejar de saber que muchas mujeres perdían la vida durante el mismo y muchos niños nunca llegaron a vivir por las mismas razones.
Cuando se comprendió y se decidió que el parto debía ser un evento seguro para la madre y para el niño el nacimiento se institucionalizó.

Aún el parto que ha sido precedido por el embarazo más normal concebible puede complicarse. Y esas complicaciones pueden ser tan impredecibles como desastrosas. Los minutos que transcurren entre la aparición de la complicación y su resolución, son preciosos y toda pérdida de tiempo es una chance menos para esa madre y ese niño.

El parto respetado tiene que venir imperiosamente de la mano de una paciente respetada. De una relación médico-paciente respetada. Dicha relación debe ser de total confianza y para eso nosotros, los especialistas, debemos comprometernos a acompañar, explicar, esperar cuando se pueda pero antes que nada a expresarnos claramente y con total sinceridad.
Yo no puedo comprometerme a realizar un parto sin episiotomía, porque no sé si no la voy a necesitar. Pero sí puedo comprometerme a explicarle a mi paciente por qué la necesita y a pedirle su consentimiento para hacerla. No puedo comprometerme por el mismo motivo a no administrar ninguna medicación, pero sí puedo comprometerme a explicar los beneficios de administrarla y los perjuicios de no hacerlo.
No puedo prometerle a mi paciente que su embarazo terminará con un parto natural, pero sí puedo asegurarle que solo tendrá una cesárea si esta es realmente necesaria.
Es bueno que la paciente se informe para poder decidir. Pero no toda información es buena, ni toda información es válida. Tampoco es lo mismo formación que información.
Aunque la paciente esté muy bien informada y comprenda los beneficios de tener un parto no intervenido, será el obstetra quien determine llegado el caso si debe ser intervenido o no. Y no por eso dejará de ser un parto respetado. Ni por eso faltará el respeto ni a la confianza que depositó en él la paciente, sino todo lo contrario.
Infundir miedo, desconfianza en la comunidad médica y difundir información sin fundamento científico o que no se corresponde con la realidad no es respetar ni al parto ni a la parturienta ni a nadie. Y responde a intereses oscuros, a gente inescrupulosa que pretende lucrar con la salud y la vida de las personas.
El parto es uno de los momentos más maravillosos en la vida de una mujer. Pero como todo hecho fisiológico, está sujeto a contingencias que escapan a lo que se pueda soñar o planear. Muchas veces la realidad no se corresponde 100% con las expectativas, y no por eso deja de ser maravilloso. Porque con o sin intervención, con o sin oxitocina, con o sin episiotomía, con o sin cesárea una madre y un hijo sanos son y serán siempre un éxito de la obstetricia. Y de la vida.

Modas peligrosas

A fines del siglo XVIII la viruela era una plaga muy temida en Europa y América, ya que causaba gran mortalidad y no existía tratamiento contra ella. Un médico inglés llamado Edward Jenner observó que era frecuente que las personas que ordeñaban vacas sufrieran en las manos unas pústulas benignas, al haber estado en contacto con las ubres de las vacas infectadas por una forma similar a la viruela humana, llamada “variola vaccina” o viruela de las vacas. Jenner notó los que sufrían estas pústulas luego quedaban a salvo de enfermar de viruela común. Es decir, se hacían inmunes. Jenner decidió probar esa observación y tuvo la idea de inocular a una persona sana con la viruela de las vacas para conferirle inmunidad frente a la peligrosa enfermedad. Aunque la vacuna desarrollada por Jenner fue en principio atacada por la comunidad científica, no tardó en demostrar sus espectaculares resultados. Casi 2 siglos después la viruela fue declarada oficialmente erradicada del planeta, en el año 1980.

En 1885, casi 100 años después del descubrimiento de Jenner, Louis Pasteur prueba su vacuna antirrábica con éxito en un niño que había sido mordido por un perro enfermo de hidrofobia.

A mediados del siglo XX Jonas Salk desarrolló la primera vacuna contra la poliomielitis, a virus muertos o inactivados, seguido pocos años después por la vacuna desarrollada por Albert Sabin, que se administraba por vía oral y se elaboraba con virus vivos y atenuados. Estás 2 vacunas permitieron casi hacer desaparecer esa terrible enfermedad que dejaba secuelas tan graves en los niños que lograban sobrevivirla.

Una vacuna es un preparado que contiene un agente infeccioso o parte de él, inactivado o debilitado y que inoculado en el paciente es capaz de producir en este una respuesta inmunológica. Mediante este procedimiento el organismo adquiere una “memoria inmunológica” que le permitirá responder ante un eventual contacto del receptor con el agente infeccioso contra el cual ha sido inmunizado.

Aún cuando algunas vacunas no produzcan una inmunidad total contra un agente infeccioso en particular, y la persona efectivamente enferme al estar expuesta al patógeno, sí podrá generar una respuesta inmune suficiente como para evitar las formas más graves de la infección, así como las complicaciones que pudieran producirse.

Una vacuna, como cualquier otro medicamento, una vez lanzada al mercado es sometida a estricta supervisión: esto se denomina farmacovigilancia. La Farmacovigilancia es la actividad de salud pública cuyo objetivo es la identificación, evaluación y prevención de los riesgos del uso de los tratamientos farmacológicos una vez comercializados. Por lo tanto, se dedica a la toma de decisiones que permitan mantener la relación riesgo/beneficio de los medicamentos en una situación favorable, o incluso suspender su uso cuando esto no sea posible. En nuestro país es el Sistema Nacional de Farmacovigilancia, a cargo de la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (ANMAT) el que lleva a cabo esta tarea.

En el año 1998 la prestigiosa revista médica británica The Lancet publicó un artículo que relacionaba a la vacuna MMR o triple viral, la cual protege contra sarampión, rubéola y parotiditis, con el autismo. A pesar de que luego se demostró que se trataba de un fraude y su autor, Andrew Wakefield fue expulsado del Colegio Médico británico, logró causar mucho daño. Padres temerosos de los efectos secundarios atribuidos a esta vacuna por el mencionado estudio dejaron de vacunar a sus hijos, produciéndose brotes de estas enfermedades, cuyas complicaciones pueden ser graves. En el caso del sarampión por ejemplo, la encefalitis y la neumonía son probables complicaciones potencialmente mortales.

A partir de la publicación del artículo de Wakefield en The Lancet, tomaron fuerza los denominados “grupos antivacunas”, no solo en el Reino Unido sino en todo el mundo. Grupos naturalistas que afirman que padecer la enfermedad es más inocuo que recibir “una sustancia química” en el cuerpo. Y que confiados en el estado de inmunización del resto, por lo cual se beneficiarían indirectamente de las vacunas, dejan de vacunar a sus hijos poniendo en riesgo a toda la población.

En países desarrollados, donde estos peligrosos movimientos están creciendo con fuerza, se han registrado brotes de enfermedades que no aparecían desde hace décadas, como la difteria en España que se cobró la vida de un niño de 6 años que no había sido vacunado, en el año 2015. El último caso de difteria se había registrado en España en el año 1987.

En nuestro país la vacunación no es una opción, es obligatoria. La ley 22909 establece que todos los habitantes del país deben cumplir con el calendario de vacunación, excepto que por razones médicas debidamente fundadas y acreditadas esto no sea posible. Por lo tanto, quien no vacuna a sus hijos sin justificación, incurre en un delito.

En el año 2012 la Corte Suprema de Justicia de nuestro país intimó a los padres de un menor, pertenecientes a un movimiento anti vacunas, a cumplir efectivamente con el calendario de vacunación oficial bajo apercibimiento de proceder a su vacunación de modo compulsivo.

No vacunar a un niño no solo le puede perjudicar a él, sino a quienes le rodean, ya que se debilita la inmunización de grupo.

No vacunar a nuestros hijos es un acto irresponsable, carente de fundamento científico alguno y que pone en riesgo a toda la comunidad, especialmente a aquéllos que son más vulnerables, niños menores de 1 año que aún no han completado por una cuestión etaria sus esquemas, embarazadas, inmunodeprimidos.

No podemos dejar de notar que el dilema de la vacunación pertenece a sectores privilegiados: los menos favorecidos no pueden permitirse ese lujo. Allí el problema radica en cómo hacer llegar la vacuna a la mayor cantidad de gente posible para evitar muertes.

La vacunación no es opinable. La abrumadora evidencia de que ha sido y es una de las herramientas más poderosas que tenemos para combatir las enfermedades transmisibles es irrefutable. Y defender la idea de que las vacunas hacen daño es defender una falacia, una mentira peligrosa, que no puede, por más democracia y derechos a los que se apelen, permitirse. Porque la salud de la población, y el derecho de los niños a no enfermar por causas prevenibles van primero.

Y aún cuando fuera posible( o no) discutir la eficacia o la seguridad de una vacuna en particular, es imposible negar que la vacunación ha sido uno de los descubrimientos más espectaculares y significativos en la historia de la humanidad. Y humildemente dar las gracias a quienes como Jenner, Pasteur, Sabin, Salk y tantos otros dedicaron su vida a dejarnos como legado a esta invaluable aliada de la medicina, la vacuna.

Tornar a Sefarad 

Sefarad es España, la tierra de mis ancestros. De la cual salieron hace más de 500 años, un día antes de que el probablemente judío Cristóbal Colón partiera con sus 3 carabelas del puerto de Palos con rumbo a lo desconocido.

Sefarad es el recuerdo de una era dorada. La era en que floreció el judaísmo en un clima de tolerancia y respeto, en que Maimónides dio a conocer al mundo nociones avanzadas de medicina, higiene y dietética impensadas para la época, en que Iehudá ha Leví deleitara con su poesía o Ibn Gabirol asombrara con su fina pluma. 

Los judíos en España no fueron solo tolerados. Fueron respetados. Nadie se negaba a atenderse con un médico judío, antes lo contrario, y se les permitió ejercer todo tipo de profesiones; hubo escritores, matemáticos, astrónomos, gramáticos e historiadores. 

A fines del siglo XIV, comienzan a aparecer las hostilidades contra los judíos, las motivaciones preponderantes fueron religiosas. Las guerras contra los moros contribuyeron a fomentar un clima de intolerancia hacia el extranjero, a pesar de que los judíos hacía cientos de años que residían pacíficamente en España, entre ellos mi familia, los Arditti.

En el documento de la aljama (comunidad) de Barcelona del 6 de Julio de 1383 está registrado un Abraham Ardit, quien vuelve a aparecer en una lista de bautizados del año 1392 con el nombre de Pere (Pedro) Ardit, posiblemente para escapar de la matanza de judíos ocurrida en 1391 en gran parte de España, cuando comienza la declinación de las juderías hasta la expulsión ordenada un siglo después en 1492. 

Se cuenta que cuando el general Tito, luego Emperador de Roma, destruyó el Templo de Jerusalén en el año 70 DC., llevó a Roma a los prisioneros judíos para ser vendidos como esclavos. Otros fueron destinados para luchar contra los gladiadores en los juegos del circo romano. A los judíos victoriosos se les otorgaba el título de “arditus”, sobrenombre con que fueron conocidos en adelante, recibiendo su libertad como premio. Algunos libertos habrían emigrado a lo que hoy es España. Los que se instalaron en el reino de Cataluña, fueron conocidos por Ardit, traducción literal al catalán del sobrenombre “arditus” que, de ese modo, se transformó en apellido. Después de la expulsión de España en 1492, algunos Ardit se establecieron (o reestablecieron) en Italia, donde el apellido fue italianizado (o reitalianizado) en las formas Ardito/Ardita. Sus hijos fueron conocidos por el patronímico Arditi, formándose así un nuevo apellido. Desde Italia, algunos Arditi emigraron en el siglo XVI al Imperio Otomano. 

El 2 de enero de 1492 cae el último bastión musulmán en manos de los Reyes católicos, Granada es reconquistada. El 31 de Marzo de 1492, los Reyes Católicos firmaban en Granada el edicto de expulsión de los judíos de la Corona de Castilla, mientras otro documento con ligeras variaciones era firmado sólo por Fernando para los judíos de la Corona de Aragón; ambos textos partían de un borrador elaborado pocos días antes por el inquisidor general, Fray Tomás de Torquemada. El edicto obligaba a todos los judíos de la península Ibérica a convertirse al catolicismo o ser expulsados, con término el 31 de julio de 1492. Por motivos logísticos se extendió este plazo hasta el 2 de agosto a las doce de la noche. La desobediencia a este edicto supondría la condena a muerte y la confiscación de los bienes. 

Tras la firma del Edicto de Granada por parte de los Reyes Católicos, hubo una emigración masiva hacia tierras que habían sido conquistadas por los turcos otomanos. El sultán Beyazid II recibió a los judíos calurosamente, concediéndoles el permiso para establecerse en su Imperio. Cuenta la leyenda que al recibirlos exclamó “Dicen que España está gobernada por un rey sabio, rara es su sabiduría que echando a sus judíos ha empobrecido a su país y enriquecido al mío. Él pierde, yo gano”.

Al salir de España las familias llevaban consigo las llaves de sus casas, con la esperanza de algún día “tornar a Sefarad”. También se llevaron su idioma, el ladino, el cual conservaron por más de 5 siglos. 

Por eso este viaje no fue uno más. Volver a Sefarad es volver a mi historia, al idioma de mis abuelos, a las “romansas y cantigas”, a los sonidos de mi infancia. Tornar a Sefarad es volver a mis raíces. 

De la cesárea y otros demonios

Cuenta la leyenda que Julio César debe su nombre, César, precisamente a la forma en que nació: caesus en latín quiere decir “cortado”, el vientre de su madre fue seccionado y el bebé César extraído mediante una operación cesárea.
Sea esta leyenda verdadera o no, lo cierto es que la operación cesárea es la intervención quirúrgica más antigua que se conoce, hay referencias a esta forma de nacimiento en textos de diferentes culturas varios siglos antes de la era actual. Su objetivo era salvar al niño gestado en el vientre de una madre muerta, ya que practicarla en una mujer viva era por supuesto inconcebible.
La Lex regia romana, por ejemplo, prohibía enterrar a una mujer embarazada que hubiese fallecido, era menester entonces extraer al feto mediante una incisión en el abdomen, con la esperanza de que estuviese aún con vida.
Hubo que esperar, sin embargo, hasta el siglo XVI para que se intentara realizar la operación cesárea en una mujer viva, con el objetivo de salvar también su vida además de la del fruto de su vientre. Sin embargo, no se encuentra documentado absolutamente ningún caso exitoso que date de esa época, por lo cual la gran mayoría de los obstetras se oponía férreamente a realizarla.
La principal causa del fracaso de la cesárea en esos tiempos era la hemorragia, seguida de la infección. No fue sino hasta el siglo XIX con el advenimiento de nuevas técnicas quirúrgicas y de conceptos tan simples como ignorados hasta entonces como el de antisepsia, que la cesárea comenzó a convertirse en una alternativa válida, posible y alcanzable para el acto de nacer. Ya en el siglo XX, la aparición de la antibioticoterapia y de las nuevas técnicas de anestesia la consolidaron, convirtiéndola en una de las cirugías más realizadas en el mundo.
Según las recomendaciones de la OMS, la tasa de cesárea no debería exceder el 15% de los nacimientos, sin embargo en muchos países, incluido el nuestro, este porcentaje es ampliamente sobrepasado. Básicamente este porcentaje máximo es el recomendado porque no está demostrado que superándolo exista mayor beneficio. Y no sólo no hay mayor beneficio sino que aparecen las complicaciones que cualquier acto quirúrgico puede traer aparejado.
Entonces ¿por qué superamos tan ampliamente ese 15%? Se calcula que en nuestro país, en el sector público se realiza un 30-35% de cesáreas y en el sector privado bastante más.
El problema es complejo. Desde lo que supera el tema puramente médico: el sistema de atención personalizada del embarazo y el parto en el ámbito privado es señalado como uno de los culpables. El riesgo legal ante la proliferación de juicios por mala praxis, que llevan al profesional a optar por la cesárea como la opción más segura, la mayor complejización de las técnicas de diagnóstico prenatal que crea potenciales indicaciones donde antes no existían y la autonomía de la propia paciente que tiene derecho y puede elegir (siempre y cuando sea adecuadamente informada de los riesgos que acarrea una cirugía) una cesárea como vía de finalización de su embarazo son algunas de las posibles causas de este fenómeno.
Desde lo médico también hay mayor cantidad de indicaciones para la cesárea, relativas o absolutas. El límite de viabilidad fetal cada vez más precoz, las mayor cantidad de gestas múltiples producto de tratamientos de fertilidad, cirugías uterinas previas, la pérdida de la habilidad de los obstetras en partos instrumentales ante la facilidad de practicar una cesárea, las técnicas de diagnóstico prenatal cada vez más sofisticadas antes mencionadas, por nombrar algunas, se suman a las indicaciones clásicas.
No es sencillo el tema y no es sencilla la solución.
Desde el punto de vista del obstetra, entender que no siempre la salida es quirúrgica, conversar con la paciente, escucharla. Saber explicar, despejar dudas, acompañar.
Y desde la paciente, demandar la información, no tener miedo a preguntar, exigir respuestas, aprender a elegir. Pero, llegado el caso comprender también que la cesárea no es un demonio, sino una cirugía que ha sabido recorrer un par de milenios de camino para salvar vidas.

Parirás con dolor.

“Con dolor darás a luz a tus hijos y, con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti” Génesis 3:16.
Durante siglos, o mejor dicho, milenios, las mujeres parieron a sus hijos siguiendo esta máxima del Génesis: por haber sido culpables de tentar a Adán con la manzana del conocimiento y así llevar a cabo el pecado original, el dolor, uno de los dolores más intensos que el cuerpo humano puede resistir, sería la constante en el cumplimiento de otro mandato: el de perpetuar la especie.
Son las 5 de la mañana y Ximena, de 19 años, primigesta, me dice que tiene muchas ganas de ir al baño. La reviso: está con 5 cm de dilatación, el cuello totalmente borrado y la cabecita de su bebé totalmente apoyada sobre el cuello. Si estuviéramos en una clínica o sanatorio privado, este sería el momento perfecto para avisarle al anestesiólogo que la paciente está más que lista para recibir la peridural, si así lo desea. Pero estamos en un hospital público de la ciudad de Buenos Aires, uno de los anestesiólogos de guardia está en quirófano central ocupado con un aneurisma, y el otro está en quirófano de guardia con un herido de bala. No hay chance de que Ximena escape al mandato “parirás con dolor”.
En 1847, a James Simpson, obstetra escocés nacido en 1811, se le ocurrió utilizar éter para alivio del dolor del trabajo de parto. Sin embargo, una gran duda lo aquejaba: qué pasaría si además de frenar el estímulo doloroso, el éter también frenaba la contractilidad uterina, deteniendo la normal progresión del trabajo de parto. Muy pronto tuvo la oportunidad de probarlo: fue convocado por un colega para ayudarlo a asistir un parto detenido por desproporción feto-pélvica. La paciente recibió el éter, las contracciones uterinas no se interrumpieron y gracias a la sedación Simpson pudo, mediante hábiles maniobras, extraer el feto que lamentablemente no sobrevivió. Probablemente sin el éter el feto no hubiera podido ser extraído y la madre también hubiera fallecido. Esta experiencia animó a Simpson a continuar utilizando el éter en trabajos de parto complicados, con considerable éxito.
En una época en la cual oponerse al mandato divino no era tan fácil, no tardaron en aparecer detractores del trabajo de Simpson: el clero escocés se opuso ferozmente a la utilización de cualquier elemento que aliviara el dolor del parto con que Dios había condenado a Eva y a todo el resto de sus sucesoras a sufrir por los siglos de los siglos.
Simpson prosiguió, sin embargo, sus investigaciones, probando distintos gases hasta que, durante un viaje, escuchó hablar acerca del cloroformo y decidió utilizarlo, con grandes resultados.
En 1853 fue la mismísima reina Victoria la que, en el parto de su octavo hijo, Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha, recibió cloroformo de manos de su médico, el Dr John Snow, quien introdujo a la administración de este anestésico una pequeña modificación: solo lo administraba durante las contracciones, suspendiéndolo en el intervalo libre de dolor entre una y otra. La reina quedó tan conforme que nombró Sir al Dr Snow tras el nacimiento de su hijo. El parto de la reina fue el hito que marcó el verdadero inicio de la analgesia del dolor del parto.
A fines del siglo XIX surgieron nuevos estudios sobre la fisiología del dolor del parto, y a comienzos del siglo XX aparece la anestesia regional.
Carl Koller, oftalmólogo de origen austríaco, introdujo el uso de cocaína para anestesia regional, y su empleo permitió desarrollar varias técnicas: espinal, peridural, caudal, pudenda, etc.

El parto es una experiencia dolorosa para casi todas las mujeres. El dolor experimentado durante el trabajo de parto tiene múltiples aspectos: psicológicos, sociales y fisiológicos y su intensidad varía ampliamente de una mujer a otra. La analgesia del dolor del trabajo de parto ha permitido en innumerables casos vivir ese momento de una manera más placentera, disminuyendo el miedo y conectando a la parturienta de una manera amable con ese momento único e irrepetible.
Cada mujer tiene un umbral doloroso diferente y es perfectamente válido elegir no querer la peridural durante el trabajo de parto, no siendo esta necesaria ni para el normal desarrollo del mismo ni para el bienestar fetal. Pero no podemos dejar de saber que es un valioso recurso con el que muchas mujeres en nuestro país no cuentan.
Son las 6:30 hs. Ximena ya está en sala de partos con dilatación completa y lista para pujar. Fue difícil, fue doloroso. Ximena es muy joven, llora y dice que ya no puede más. Su pareja le da la mano, seca su transpiración, la alienta. Un último pujo, y el llanto de su bebé produce magia: Ximena ya es mamá.
Un rato después paso a verla a la sala, donde la encuentro sentada, amamantando a su bebé. Dolió mucho? Le pregunto. “Creo que sí, pero ya no me acuerdo”, me contesta.

A propósito de un caso

 Hace unos 25 años, quizás un poco más, irrumpió en el mercado un nuevo fármaco, análogo sintético de la Prostaglandina E1, que se utilizaba para la prevención y tratamiento de las úlceras gastro duodenales: el Misoprostol. Este fármaco estaba contraindicado en embarazadas, ya que podía producir abortos.Pronto se empezó a utilizar clandestinamente con esta finalidad, y para todos los que nos dedicamos a la ginecología y la obstetricia significó un antes y un después. Contrariamente a lo que se podría pensar, fue muy beneficioso. Dejamos prácticamente de ver mujeres víctimas de abortos clandestinos perpetrados con agujas de tejer, ramas de perejil y cuanto objeto inaudito y por supuesto no estéril podría imaginarse. Dejamos prácticamente de ver mujeres llegar a la guardia volando de fiebre, sépticas, que por haberse sometido a tales barbaridades perdían para siempre la posibilidad de elegir algún día ser madres, e incluso la vida. 

Pero sí seguimos viendo mujeres llegar a la guardia con hemorragias importantes, incluso con shock hipovolémico por la cuantía de la pérdida de sangre. Sí seguimos viendo mujeres que pese a haber utilizado la pastilla no expulsaban todo el material ovular, debiendo ser hospitalizadas para realizar un raspado evacuador. Seguimos viendo mujeres que, pensando que habían logrado un aborto completo, no era así y contraían infecciones por la retención de restos ovulares. 

La educación sexual es una herramienta clave, que permite a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a comprender cómo funciona su cuerpo, especialmente en lo que tiene que ver por supuesto con la sexualidad y con la reproducción. Uno de sus pilares básicos es la enseñanza de métodos anticonceptivos y métodos de cuidado para la prevención de enfermedades de transmisión sexual. 

Últimamente se ha visto por las redes sociales que grupos pro aborto dan charlas en los colegios secundarios, a niños y niñas de primero y segundo año, enseñando cómo abortar de manera “segura” con “pastillas”, es decir, con Misoprostol. No sé ni por dónde empezar a enumerar todas las razones por las cuales esto me parece absolutamente equivocado y pernicioso. Demás está decir que ningún procedimiento médico es “seguro”, y mucho menos en manos de niños de 13 o 14 años. Hemorragias, infecciones, por empezar a enumerar algunas complicaciones que podrían surgir. Sin contar con qué facilidad esto se transformaría en el “método anticonceptivo” de elección para muchos adolescentes: “si es tan fácil abortar, ¿para que me voy a cuidar, que es tan engorroso?”, es el mensaje subliminal. Y si no les enseñamos a los adolescentes a prevenir un embarazo no deseado, mucho menos les estaríamos enseñando a protegerse de las diversas enfermedades a las que se ven expuestos, que podrían condicionar el resto de sus vidas, el HIV entre ellas. 

Es obvio que, más allá de lo que cada uno piense o sienta con respecto al tema del aborto, ha llegado el momento de plantear seriamente la discusión acerca de su despenalización. El histórico fallo de la Corte Suprema de Justicia del año 2012 que determinó que los abortos en caso de violación son no punibles, fue un paso muy importante, así como el protocolo, de aplicación obligatoria en todo el territorio argentino, del Ministerio de Salud de la Nación para la atención de personas con derecho a la interrupción legal del embarazo. Pero nada de esto reemplaza la educación. 

Niños de 12, 13 o 14 años son el campo fértil ideal para grabar a fuego la idea de que el cuerpo es sagrado, que debemos cuidarlo y protegerlo porque es nuestro y es el único que tenemos y la única manera de lograr esto es la prevención. 

Enseñar a abortar no es prevenir. Afirmar que es seguro es mentir. Exponer a riesgos para la salud a niños y niñas de los primeros años del secundario es criminal. 

Benditas las manos que ayudan a traer vida.

La obstetricia es la rama de la medicina que se ocupa del embarazo, el parto y el período posterior a este, es decir el puerperio. La palabra viene del latín “obstare”, que quiere decir “estar delante de”. Los romanos llamaban “obstetrix” a la comadrona, actual obstétrica, porque para realizar su labor se paraba delante de la parturienta.En nuestro país, como así también en muchos otros, la Obstetricia es una carrera universitaria independiente de la especialidad médica, donde los futuros obstétricos se forman de manera integral y específica para la atención de la embarazada y la puérpera, y también durante toda la vida de la mujer en el cuidado de su salud sexual y reproductiva.

Es así como llamamos obstetra al médico/a especialista en Obstetricia y obstétrico/a al que recibió tal título por haber cursado y aprobado la carrera de Obstetricia. 

El 31 de agosto conmemoramos el día de la obstétrica. Por qué? En honor a San Ramón Nonato, patrón de las embarazadas y de todos aquéllos que anhelan ser padres. 

San Ramón Nonato nació en circunstancias bastante extraordinarias, según cuenta la tradición el 2 de febrero del año 1200 en Portell, un pueblo de la antigua corona de Aragón. Sus padres eran un matrimonio perteneciente a la nobleza, y habían intentado tener un hijo por mucho tiempo, sin éxito. La madre solía acudir a orar a la ermita de San Nicolás de Bari, donde siempre pedía ser bendecida con el milagro de la maternidad. Finalmente sus ruegos fueron escuchados y queda embarazada. 

Un día, estando ya próximo el nacimiento y encontrándose ella en camino a su casa, súbitamente fallece (aquí mi espíritu de obstetra vuela y se pregunta si habrá sido por eclampsia?) Tendida en el camino, es hallada por el Vizconde de Cardona, que había salido de cacería, y al ver que la mujer estaba muerta y notar que también estaba embarazada, toma su daga, abre el vientre de la mujer y así nace vivo el niño al que posteriormente bautizaron Ramón en honor al Vizconde que lo salvó. Hoy en día llamamos a esto que hizo el Vizconde “cesárea heroica”, es decir, la extracción fetal por cesárea luego del fallecimiento materno. Es una situación sumamente dramática, desesperada, de intentar salvar una vida que depende de la otra que se perdió, por lo que se convierte en una verdadera carrera contra el tiempo.

San Ramón fallece, en el camino al igual que su madre, el 31 de agosto de 1240. Fue enterrado en la ermita de San Nicolás de Bari, donde su madre solía orar anhelando su venida al mundo. Posteriormente y en su honor, fue construido un monasterio en ese lugar, alrededor del cual creció el pueblo de San Ramón. 

En Buenos Aires, el santuario de San Ramón Nonato queda en el barrio de Villa Luro. Allí todos los 31 de agosto se bendice a embarazadas, niños y a todos aquellos que anhelan ser padres, ya sea biológicamente o por adopción. 

Como obstetra estoy profundamente agradecida a todas las parteras, comadronas, obstétricas que con alma y vocación me enseñaron el arte de la obstetricia. Muchas ya no están. A todas ellas: que tengan el mejor de los días, benditas las manos que ayudan a traer vida. 

La nena que decía cosas raras

Cuando cumplí 3 años mis padres decidieron que ya era hora de comenzar mi escolarización. Me anotaron en un jardincito cerca de mi casa, al que fui chocha de la vida llevando un libro bajo el brazo. Un mes después de ese primer día mi mamá, ya exhausta de pasar largas horas sentada en esas mini sillitas diseñadas para personas de menos de un metro de altura, le informó a la maestra jardinera que se retiraba, y que me pasaría a buscar en el horario de salida.Al pasar a buscarme me encontró hecha un mar de lágrimas, sentada en un rincón y abrazándome las rodillas con los brazos. 

– La nena dice cosas muy raras – le informó la maestra a mi mamá.

– Qué cosas raras dice la nena? – preguntó mi pobre madre al borde del desmayo.

– Dice: “mamá, llevame con vos, no querés que sigamos viendo pacientes juntas? 

El tema es que mamá, médica clínica de las de antes, de esos médicos que atendían a los abuelos, padres y aún niños si ante la urgencia no había un pediatra disponible, me llevaba con ella cuando no se trataba de un paciente con una enfermedad infectocontagiosa, como ser controles en pacientes que no podían trasladarse al consultorio, por ejemplo. Allí me recibían con bombos y platillos. Me servían torta, me regalaban caramelos, cintas para el pelo, vestidos de muñecas y a veces hasta me daban un rojo (10000 pesos Ley de aquélla época).

No hubo forma de convencerme de que me quedara en el jardín. Yo quería ir a ver pacientes con mi mamá, y así lo hicimos todo ese año hasta que al año siguiente no me quedó otra que resignarme a empezar mi educación en salita de 4.

Cuando tenía 8 años de edad, nos fuimos de vacaciones a Mar del Plata. Alquilamos un lindo chalet al lado de una veterinaria. En la vidriera, encerrado en una jaulita, había un cachorrito mitad pequinés, mitad vaya a saber qué, que cada vez que me veía pasar se desvivía en gracias a ver si lograba convencerme de llevarlo conmigo. Por supuesto que a mí me convenció inmediatamente. A papá tardó un poco más. El último día de vacaciones, ya con las valijas arriba del auto y a punto de regresar a casa, logré vencer la última resistencia de papá, y a pesar de las quejas de mamá el mestizo entre pequinés y terval fue formalmente adoptado y bautizado Timoteo. 

Timoteo alias Timi, apenas llegados a Buenos Aires, mostró las garras y los dientes. Gruñía y mordía a todo el que se le acercaba, especialmente a mí. Un día en que me agaché a tratar de razonar con él me mordió en la cara. Como era un cachorro con el esquema de vacunación inconcluso y un carácter inusualmente irascible, el pediatra indicó que se me aplicaran 3 dosis de vacuna antirrábica. Dicha vacuna, que una vez aplicada te tumba cual derechazo pugilístico, debía recibirla en el hospital Durand. 

Apenas entré por la puerta principal, tomada de la mano de mi mamá, le dije:

– Mami, qué rico olor!

– Te gusta este olor?- me preguntó ella, mitad sorprendida, mitad horrorizada.

– Me encanta!- le respondí yo. 

– Te gusta el olor a hospital. Vas a ser médica- dijo mamá en voz muy baja, pero yo la oí perfectamente. 

En 1991 mi papá tuvo un infarto. Lo ví agarrarse el pecho con la mano y caer al suelo, y no pude ni supe hacer nada más que salir corriendo mientras mi mamá se hacía cargo de la situación. Con una mano lo atendía y con la otra discaba el número de emergencias. Ví entrar a los médicos y ví como se lo llevaban, aterrorizada de no volverlo a ver. Y ahí supe. Tenía 16 años y decidí que iba a ser médica. En lo sucesivo sería yo la que me hiciera cargo de la situación que hiciera falta. Nunca más iba a sentir esa indefensión de no entender nada de lo que pasaba o lo que podía pasar. No sé si la vocación estaba ahí desde que tenía 3 años e iba a ver pacientes con mi mamá o si surgió después, solo sé que a pesar de todo y aún cuando cada tanto atravieso una especie de crisis vocacional, nunca me arrepentí de mi elección. He visto mucho y espero aún ver mucho más, y lo más importante, me divierte. Lo disfruto. Sigo aprendiendo. Y si eso es vocación, entonces sí, yo la tengo. 

Creen en fantasmas?

Cuando era residente de primer año lo que más deseaba, esperaba y quería, aunque veía como un objetivo inalcanzable, eran las vacaciones. Jornadas interminables, guardias día por medio, a pesar de todo lo nuevo y fascinante que estaba aprendiendo y descubriendo, mi único anhelo era descansar por fin… Pero primero había que atravesar el verano, meses preferidos por los residentes superiores para su receso anual, y eso implicaba cubrir las guardias de los que no estaban.

El último día antes de mis tan ansiadas vacaciones, que comenzarían oficialmente el 9 marzo, me bajaron desmayada de quirófano central. Miento si digo que me acuerdo qué pasó, solo recuerdo escuchar al anestesiólogo decir “tiene 70 de máxima, está semimuerta” y de ahí nada más. Me mandaron a mi casa, donde por fin agarré la cama y dormí salvajemente hasta un par de horas antes de tener que salir para Ezeiza, donde me esperaba mi amiga Laura, con la cual iba a viajar.

Todo este preludio es para explicar que ese primer año de residencia, último año del 1 a 1, ahorré lo suficiente como para pagarme mi primer viaje a Europa. Nuestra primera parada fue Londres. Amor a primera vista. Hasta ahora la top total, la más bella, elegante y fascinante de las ciudades que conozco.

Nuestro siguiente destino fue París, y ahí es donde se produjo esta anécdota extraña, la cual estoy convencida de que ocurrió tal cual la recuerdo, no tengo pruebas pero tampoco tengo dudas. 

Desde chiquita siempre tuve una fascinación especial por los grandes cementerios. Mi papá me llevaba frecuentemente a pasear al cementerio de la Recoleta. No es una fascinación morbosa, de ninguna manera, los aprecio por su valor histórico, igual que si se tratara de un museo. Allí reposan los restos de personas que vivieron vidas fascinantes, personajes ilustres, próceres, científicos, músicos, artistas. 

Como era de esperarse, tomando en cuenta lo antedicho, uno de mis objetivos turísticos principales en París iba a ser el cementerio de Pere Lachaise. Allí se encuentran las tumbas de personajes tan famosos como Sarah Bernhardt, Georges Bizet, María Callas, Paul Eluard, Amedeo Modigliani, Camille Pissarro, Óscar Wilde, Jim Morrison y Frederic Chopin, entre muchos otros.

Llegamos a la puerta del cementerio, pero mi amiga Laura y su hermana, con la cual nos habíamos encontrado en París, no quisieron entrar. No todo el mundo disfruta de este tipo de visitas, a decir verdad. Ya estaba ahí, y a pesar de que no me hacía gracia, ya que el cementerio es muy grande, yo no tenía lo que se dice un gran sentido de la orientación, y el panorama se veía bastante solitario, decidí entrar sola.

No tenía plano del cementerio, ya que no habíamos entrado por la puerta principal, pero había visto a la entrada un plano pintado en el muro y más o menos me ubicaba. Empecé a caminar y después de dar un par de vueltas ya no tenía la menor idea de dónde estaba. Para colmo el cielo empezaba a ponerse negro, por supuesto no tenía paraguas ni capucha y no había visto ni una tumba famosa.

No quería volver a reunirme con mis amigas sin ver nada, y si tenía que elegir una entre todas las tumbas famosas que quería visitar, esa era la tumba de Chopin. Siempre me conmovió su historia tanto como su música. Y sabía, porque me lo habían contado, que su tumba, aunque humilde, siempre estaba llena de flores que llevan sus admiradores. 

De repente me tocan el brazo. Al darme vuelta veo a una señora de unos 70 años, bajita, sonriente y toda vestida de negro. Me preguntó si iba a visitar a Jim Morrison, ya que ese día sus fans se congregaban en su tumba para homenajearlo (no sé por qué, ya que su aniversario es en julio). Le expliqué que quería ver la tumba de Chopin, que me había perdido y que no tenía mucho tiempo ya que me estaban esperando en la entrada. Se sorprendió de que alguien tan joven buscara la tumba de Chopin y me dio instrucciones muy precisas para llegar, no era tan sencillo ya que no estaba en una avenida principal. También, por las dudas si cambiaba de opinión, me explicó cómo llegar hasta la tumba de Jim Morrison. Me deseó éxitos, yo le agradecí por su amabilidad y cada una siguió su camino. 

Había caminado un par de pasos cuando me di cuenta de que mi interlocutora me había hablado todo el tiempo en francés. No solo eso, sino que yo le había contestado no puedo asegurar en qué idioma, y ella me había entendido. Yo no hablo ni una sola palabra de francés sacando bonjour y merci, y supongo que la señora tampoco hablaba castellano.

Me dí vuelta, la viejita de ninguna manera podía haber llegado muy lejos, pero ahí ya no había nadie. Un intenso frío me corrió por la espalda. No se veía a nadie por ningún lado, ni se escuchaban pasos. Nada.

Respiré hondo y seguí las instrucciones de la señora, y sin ningún problema llegué a la tumba llena de flores de Frederic Chopin. Al salir me hice también una pasada por la última morada de Jim Morrison, a cuyo alrededor comenzaban a congregarse sus fans. 

Cuando llegué a la entrada me reencontré con mis amigas, pero no les conté nada de lo que me había pasado. Ellas estaban ansiosas por irse de ahí, estaba empezando a llover y yo quería volver al hostel y quedarme a solas para pensar.

No tengo ninguna duda de que lo que me pasó fue real. Aunque siempre vaya transitando esa delgada línea entre creer y no creer. A pesar de estar convencida de que mis sentidos no me engañaron ni mis recuerdos, nítidos como si hubiera sido ayer, me engañan ahora.

Y ustedes, creen en fantasmas?

                      “A Fred Chopin. Ses amis”

Rafael

Mi papá se llamaba Rafael. Era ingeniero civil, y falleció cuando mi segunda hija tenía 5 meses. En ese momento a pesar del dolor de su partida, aunque yo sabía hacía un tiempo que estaba enfermo y no iba a estar conmigo mucho más tiempo, me alegré de que por lo menos hubiera llegado a conocer a mis hijos, sus nietos. Pero yo sabía que él se iba con una pena. Con una promesa incumplida. Yo le había fallado. Por eso, la última vez que lo ví, en esa cama de terapia intensiva, todavía consciente, le prometí que si tenía otro hijo varón le iba a poner su nombre: Rafael. Y él me miró directamente a los ojos, como diciéndome sin palabras que esperaba que yo cumpliera esa promesa. 

Mi papá era judío sefaradí. Es decir, descendiente de aquéllos judíos que fueron expulsados de España en 1492 y que, en su largo peregrinar, llegaron a asentarse mayormente en Turquía, de donde vinieron mis abuelos, pero también en otros países, como Marruecos, Bulgaria, Grecia…Para los judíos sefaradíes es un gran honor que uno (o  varios) nietos, ya sean varones o mujeres sean bautizados con su nombre. Por eso en las familias sefaradíes es común encontrar varios primos llamados igual. Pero hete aquí que para los judíos ashkenazíes, es decir aquéllos que provienen mayormente de Europa del Este, la tradición es otra. Consiste en nombrar a los hijos como el abuelo o abuela fallecidos. Nunca en vida de estos, ya que se considera de mala suerte. Mi mamá es judía ashkenazí. Por esto y por otro motivo que contaré algún otro día, mi primer hijo varón no se llamó como mi papá.

Lo cierto es que a pesar de la promesa que le hice a mi papá en su lecho de muerte, no estaba en nuestros planes tener otro hijo. La familia tipo ya estaba completa con un varón y una nena que solo se llevaban 18 meses. 

Los años pasaron, el dolor por la pérdida fue disminuyendo, como siempre pasa con los duelos que terminan, pero el recuerdo de papá siempre siguió y sigue muy presente. 

En marzo de 2013 a mamá le diagnosticaron cáncer de colon. Mi pilar, mi mentora, mi ejemplo en la vida, mi mano derecha e izquierda, mi guía, mi consejera, mi amiga. Mi mundo se derrumbaba. Fueron días de angustia, de miedo, de ir y venir entre estudios y consultas, de sanatorios y espera. Pasó la cirugía que gracias a las hábiles manos del ángel cirujano que nos tocó en suerte, fue todo lo exitosa que se podía esperar. Mamá volvió a su casa, y yo, recién en ese momento me percaté de que algo estaba faltando. 

Pasé por la farmacia y casi pensando que tiraba la plata a la basura, ya que era IMPOSIBLE, compré un test de embarazo. Lo hice en el consultorio, entre paciente y paciente, esperando los 5 minutos reglamentarios con la tirita sumergida, y con toda la tranquilidad me dirigí al baño, donde 2 clarísimas rayas rojas me esperaban con la buena nueva.

No hizo falta que viera el papelito con el informe que decía XY para que yo tuviera la absoluta certeza de que era un varón. Un hermoso, sano y bienvenidísimo varón, que por supuesto, se llamó Rafael. 

Papá y yo estamos en paz. El se fue sabiendo que siempre cumplió conmigo. Y yo al fin pude decir que también cumplí con él.