Sefarad es España, la tierra de mis ancestros. De la cual salieron hace más de 500 años, un día antes de que el probablemente judío Cristóbal Colón partiera con sus 3 carabelas del puerto de Palos con rumbo a lo desconocido.

Sefarad es el recuerdo de una era dorada. La era en que floreció el judaísmo en un clima de tolerancia y respeto, en que Maimónides dio a conocer al mundo nociones avanzadas de medicina, higiene y dietética impensadas para la época, en que Iehudá ha Leví deleitara con su poesía o Ibn Gabirol asombrara con su fina pluma. 

Los judíos en España no fueron solo tolerados. Fueron respetados. Nadie se negaba a atenderse con un médico judío, antes lo contrario, y se les permitió ejercer todo tipo de profesiones; hubo escritores, matemáticos, astrónomos, gramáticos e historiadores. 

A fines del siglo XIV, comienzan a aparecer las hostilidades contra los judíos, las motivaciones preponderantes fueron religiosas. Las guerras contra los moros contribuyeron a fomentar un clima de intolerancia hacia el extranjero, a pesar de que los judíos hacía cientos de años que residían pacíficamente en España, entre ellos mi familia, los Arditti.

En el documento de la aljama (comunidad) de Barcelona del 6 de Julio de 1383 está registrado un Abraham Ardit, quien vuelve a aparecer en una lista de bautizados del año 1392 con el nombre de Pere (Pedro) Ardit, posiblemente para escapar de la matanza de judíos ocurrida en 1391 en gran parte de España, cuando comienza la declinación de las juderías hasta la expulsión ordenada un siglo después en 1492. 

Se cuenta que cuando el general Tito, luego Emperador de Roma, destruyó el Templo de Jerusalén en el año 70 DC., llevó a Roma a los prisioneros judíos para ser vendidos como esclavos. Otros fueron destinados para luchar contra los gladiadores en los juegos del circo romano. A los judíos victoriosos se les otorgaba el título de “arditus”, sobrenombre con que fueron conocidos en adelante, recibiendo su libertad como premio. Algunos libertos habrían emigrado a lo que hoy es España. Los que se instalaron en el reino de Cataluña, fueron conocidos por Ardit, traducción literal al catalán del sobrenombre “arditus” que, de ese modo, se transformó en apellido. Después de la expulsión de España en 1492, algunos Ardit se establecieron (o reestablecieron) en Italia, donde el apellido fue italianizado (o reitalianizado) en las formas Ardito/Ardita. Sus hijos fueron conocidos por el patronímico Arditi, formándose así un nuevo apellido. Desde Italia, algunos Arditi emigraron en el siglo XVI al Imperio Otomano. 

El 2 de enero de 1492 cae el último bastión musulmán en manos de los Reyes católicos, Granada es reconquistada. El 31 de Marzo de 1492, los Reyes Católicos firmaban en Granada el edicto de expulsión de los judíos de la Corona de Castilla, mientras otro documento con ligeras variaciones era firmado sólo por Fernando para los judíos de la Corona de Aragón; ambos textos partían de un borrador elaborado pocos días antes por el inquisidor general, Fray Tomás de Torquemada. El edicto obligaba a todos los judíos de la península Ibérica a convertirse al catolicismo o ser expulsados, con término el 31 de julio de 1492. Por motivos logísticos se extendió este plazo hasta el 2 de agosto a las doce de la noche. La desobediencia a este edicto supondría la condena a muerte y la confiscación de los bienes. 

Tras la firma del Edicto de Granada por parte de los Reyes Católicos, hubo una emigración masiva hacia tierras que habían sido conquistadas por los turcos otomanos. El sultán Beyazid II recibió a los judíos calurosamente, concediéndoles el permiso para establecerse en su Imperio. Cuenta la leyenda que al recibirlos exclamó “Dicen que España está gobernada por un rey sabio, rara es su sabiduría que echando a sus judíos ha empobrecido a su país y enriquecido al mío. Él pierde, yo gano”.

Al salir de España las familias llevaban consigo las llaves de sus casas, con la esperanza de algún día “tornar a Sefarad”. También se llevaron su idioma, el ladino, el cual conservaron por más de 5 siglos. 

Por eso este viaje no fue uno más. Volver a Sefarad es volver a mi historia, al idioma de mis abuelos, a las “romansas y cantigas”, a los sonidos de mi infancia. Tornar a Sefarad es volver a mis raíces. 

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