La nena que decía cosas raras

Cuando cumplí 3 años mis padres decidieron que ya era hora de comenzar mi escolarización. Me anotaron en un jardincito cerca de mi casa, al que fui chocha de la vida llevando un libro bajo el brazo. Un mes después de ese primer día mi mamá, ya exhausta de pasar largas horas sentada en esas mini sillitas diseñadas para personas de menos de un metro de altura, le informó a la maestra jardinera que se retiraba, y que me pasaría a buscar en el horario de salida.Al pasar a buscarme me encontró hecha un mar de lágrimas, sentada en un rincón y abrazándome las rodillas con los brazos. 

– La nena dice cosas muy raras – le informó la maestra a mi mamá.

– Qué cosas raras dice la nena? – preguntó mi pobre madre al borde del desmayo.

– Dice: “mamá, llevame con vos, no querés que sigamos viendo pacientes juntas? 

El tema es que mamá, médica clínica de las de antes, de esos médicos que atendían a los abuelos, padres y aún niños si ante la urgencia no había un pediatra disponible, me llevaba con ella cuando no se trataba de un paciente con una enfermedad infectocontagiosa, como ser controles en pacientes que no podían trasladarse al consultorio, por ejemplo. Allí me recibían con bombos y platillos. Me servían torta, me regalaban caramelos, cintas para el pelo, vestidos de muñecas y a veces hasta me daban un rojo (10000 pesos Ley de aquélla época).

No hubo forma de convencerme de que me quedara en el jardín. Yo quería ir a ver pacientes con mi mamá, y así lo hicimos todo ese año hasta que al año siguiente no me quedó otra que resignarme a empezar mi educación en salita de 4.

Cuando tenía 8 años de edad, nos fuimos de vacaciones a Mar del Plata. Alquilamos un lindo chalet al lado de una veterinaria. En la vidriera, encerrado en una jaulita, había un cachorrito mitad pequinés, mitad vaya a saber qué, que cada vez que me veía pasar se desvivía en gracias a ver si lograba convencerme de llevarlo conmigo. Por supuesto que a mí me convenció inmediatamente. A papá tardó un poco más. El último día de vacaciones, ya con las valijas arriba del auto y a punto de regresar a casa, logré vencer la última resistencia de papá, y a pesar de las quejas de mamá el mestizo entre pequinés y terval fue formalmente adoptado y bautizado Timoteo. 

Timoteo alias Timi, apenas llegados a Buenos Aires, mostró las garras y los dientes. Gruñía y mordía a todo el que se le acercaba, especialmente a mí. Un día en que me agaché a tratar de razonar con él me mordió en la cara. Como era un cachorro con el esquema de vacunación inconcluso y un carácter inusualmente irascible, el pediatra indicó que se me aplicaran 3 dosis de vacuna antirrábica. Dicha vacuna, que una vez aplicada te tumba cual derechazo pugilístico, debía recibirla en el hospital Durand. 

Apenas entré por la puerta principal, tomada de la mano de mi mamá, le dije:

– Mami, qué rico olor!

– Te gusta este olor?- me preguntó ella, mitad sorprendida, mitad horrorizada.

– Me encanta!- le respondí yo. 

– Te gusta el olor a hospital. Vas a ser médica- dijo mamá en voz muy baja, pero yo la oí perfectamente. 

En 1991 mi papá tuvo un infarto. Lo ví agarrarse el pecho con la mano y caer al suelo, y no pude ni supe hacer nada más que salir corriendo mientras mi mamá se hacía cargo de la situación. Con una mano lo atendía y con la otra discaba el número de emergencias. Ví entrar a los médicos y ví como se lo llevaban, aterrorizada de no volverlo a ver. Y ahí supe. Tenía 16 años y decidí que iba a ser médica. En lo sucesivo sería yo la que me hiciera cargo de la situación que hiciera falta. Nunca más iba a sentir esa indefensión de no entender nada de lo que pasaba o lo que podía pasar. No sé si la vocación estaba ahí desde que tenía 3 años e iba a ver pacientes con mi mamá o si surgió después, solo sé que a pesar de todo y aún cuando cada tanto atravieso una especie de crisis vocacional, nunca me arrepentí de mi elección. He visto mucho y espero aún ver mucho más, y lo más importante, me divierte. Lo disfruto. Sigo aprendiendo. Y si eso es vocación, entonces sí, yo la tengo. 

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Creen en fantasmas?

Cuando era residente de primer año lo que más deseaba, esperaba y quería, aunque veía como un objetivo inalcanzable, eran las vacaciones. Jornadas interminables, guardias día por medio, a pesar de todo lo nuevo y fascinante que estaba aprendiendo y descubriendo, mi único anhelo era descansar por fin… Pero primero había que atravesar el verano, meses preferidos por los residentes superiores para su receso anual, y eso implicaba cubrir las guardias de los que no estaban.

El último día antes de mis tan ansiadas vacaciones, que comenzarían oficialmente el 9 marzo, me bajaron desmayada de quirófano central. Miento si digo que me acuerdo qué pasó, solo recuerdo escuchar al anestesiólogo decir “tiene 70 de máxima, está semimuerta” y de ahí nada más. Me mandaron a mi casa, donde por fin agarré la cama y dormí salvajemente hasta un par de horas antes de tener que salir para Ezeiza, donde me esperaba mi amiga Laura, con la cual iba a viajar.

Todo este preludio es para explicar que ese primer año de residencia, último año del 1 a 1, ahorré lo suficiente como para pagarme mi primer viaje a Europa. Nuestra primera parada fue Londres. Amor a primera vista. Hasta ahora la top total, la más bella, elegante y fascinante de las ciudades que conozco.

Nuestro siguiente destino fue París, y ahí es donde se produjo esta anécdota extraña, la cual estoy convencida de que ocurrió tal cual la recuerdo, no tengo pruebas pero tampoco tengo dudas. 

Desde chiquita siempre tuve una fascinación especial por los grandes cementerios. Mi papá me llevaba frecuentemente a pasear al cementerio de la Recoleta. No es una fascinación morbosa, de ninguna manera, los aprecio por su valor histórico, igual que si se tratara de un museo. Allí reposan los restos de personas que vivieron vidas fascinantes, personajes ilustres, próceres, científicos, músicos, artistas. 

Como era de esperarse, tomando en cuenta lo antedicho, uno de mis objetivos turísticos principales en París iba a ser el cementerio de Pere Lachaise. Allí se encuentran las tumbas de personajes tan famosos como Sarah Bernhardt, Georges Bizet, María Callas, Paul Eluard, Amedeo Modigliani, Camille Pissarro, Óscar Wilde, Jim Morrison y Frederic Chopin, entre muchos otros.

Llegamos a la puerta del cementerio, pero mi amiga Laura y su hermana, con la cual nos habíamos encontrado en París, no quisieron entrar. No todo el mundo disfruta de este tipo de visitas, a decir verdad. Ya estaba ahí, y a pesar de que no me hacía gracia, ya que el cementerio es muy grande, yo no tenía lo que se dice un gran sentido de la orientación, y el panorama se veía bastante solitario, decidí entrar sola.

No tenía plano del cementerio, ya que no habíamos entrado por la puerta principal, pero había visto a la entrada un plano pintado en el muro y más o menos me ubicaba. Empecé a caminar y después de dar un par de vueltas ya no tenía la menor idea de dónde estaba. Para colmo el cielo empezaba a ponerse negro, por supuesto no tenía paraguas ni capucha y no había visto ni una tumba famosa.

No quería volver a reunirme con mis amigas sin ver nada, y si tenía que elegir una entre todas las tumbas famosas que quería visitar, esa era la tumba de Chopin. Siempre me conmovió su historia tanto como su música. Y sabía, porque me lo habían contado, que su tumba, aunque humilde, siempre estaba llena de flores que llevan sus admiradores. 

De repente me tocan el brazo. Al darme vuelta veo a una señora de unos 70 años, bajita, sonriente y toda vestida de negro. Me preguntó si iba a visitar a Jim Morrison, ya que ese día sus fans se congregaban en su tumba para homenajearlo (no sé por qué, ya que su aniversario es en julio). Le expliqué que quería ver la tumba de Chopin, que me había perdido y que no tenía mucho tiempo ya que me estaban esperando en la entrada. Se sorprendió de que alguien tan joven buscara la tumba de Chopin y me dio instrucciones muy precisas para llegar, no era tan sencillo ya que no estaba en una avenida principal. También, por las dudas si cambiaba de opinión, me explicó cómo llegar hasta la tumba de Jim Morrison. Me deseó éxitos, yo le agradecí por su amabilidad y cada una siguió su camino. 

Había caminado un par de pasos cuando me di cuenta de que mi interlocutora me había hablado todo el tiempo en francés. No solo eso, sino que yo le había contestado no puedo asegurar en qué idioma, y ella me había entendido. Yo no hablo ni una sola palabra de francés sacando bonjour y merci, y supongo que la señora tampoco hablaba castellano.

Me dí vuelta, la viejita de ninguna manera podía haber llegado muy lejos, pero ahí ya no había nadie. Un intenso frío me corrió por la espalda. No se veía a nadie por ningún lado, ni se escuchaban pasos. Nada.

Respiré hondo y seguí las instrucciones de la señora, y sin ningún problema llegué a la tumba llena de flores de Frederic Chopin. Al salir me hice también una pasada por la última morada de Jim Morrison, a cuyo alrededor comenzaban a congregarse sus fans. 

Cuando llegué a la entrada me reencontré con mis amigas, pero no les conté nada de lo que me había pasado. Ellas estaban ansiosas por irse de ahí, estaba empezando a llover y yo quería volver al hostel y quedarme a solas para pensar.

No tengo ninguna duda de que lo que me pasó fue real. Aunque siempre vaya transitando esa delgada línea entre creer y no creer. A pesar de estar convencida de que mis sentidos no me engañaron ni mis recuerdos, nítidos como si hubiera sido ayer, me engañan ahora.

Y ustedes, creen en fantasmas?

                      “A Fred Chopin. Ses amis”

Rafael

Mi papá se llamaba Rafael. Era ingeniero civil, y falleció cuando mi segunda hija tenía 5 meses. En ese momento a pesar del dolor de su partida, aunque yo sabía hacía un tiempo que estaba enfermo y no iba a estar conmigo mucho más tiempo, me alegré de que por lo menos hubiera llegado a conocer a mis hijos, sus nietos. Pero yo sabía que él se iba con una pena. Con una promesa incumplida. Yo le había fallado. Por eso, la última vez que lo ví, en esa cama de terapia intensiva, todavía consciente, le prometí que si tenía otro hijo varón le iba a poner su nombre: Rafael. Y él me miró directamente a los ojos, como diciéndome sin palabras que esperaba que yo cumpliera esa promesa. 

Mi papá era judío sefaradí. Es decir, descendiente de aquéllos judíos que fueron expulsados de España en 1492 y que, en su largo peregrinar, llegaron a asentarse mayormente en Turquía, de donde vinieron mis abuelos, pero también en otros países, como Marruecos, Bulgaria, Grecia…Para los judíos sefaradíes es un gran honor que uno (o  varios) nietos, ya sean varones o mujeres sean bautizados con su nombre. Por eso en las familias sefaradíes es común encontrar varios primos llamados igual. Pero hete aquí que para los judíos ashkenazíes, es decir aquéllos que provienen mayormente de Europa del Este, la tradición es otra. Consiste en nombrar a los hijos como el abuelo o abuela fallecidos. Nunca en vida de estos, ya que se considera de mala suerte. Mi mamá es judía ashkenazí. Por esto y por otro motivo que contaré algún otro día, mi primer hijo varón no se llamó como mi papá.

Lo cierto es que a pesar de la promesa que le hice a mi papá en su lecho de muerte, no estaba en nuestros planes tener otro hijo. La familia tipo ya estaba completa con un varón y una nena que solo se llevaban 18 meses. 

Los años pasaron, el dolor por la pérdida fue disminuyendo, como siempre pasa con los duelos que terminan, pero el recuerdo de papá siempre siguió y sigue muy presente. 

En marzo de 2013 a mamá le diagnosticaron cáncer de colon. Mi pilar, mi mentora, mi ejemplo en la vida, mi mano derecha e izquierda, mi guía, mi consejera, mi amiga. Mi mundo se derrumbaba. Fueron días de angustia, de miedo, de ir y venir entre estudios y consultas, de sanatorios y espera. Pasó la cirugía que gracias a las hábiles manos del ángel cirujano que nos tocó en suerte, fue todo lo exitosa que se podía esperar. Mamá volvió a su casa, y yo, recién en ese momento me percaté de que algo estaba faltando. 

Pasé por la farmacia y casi pensando que tiraba la plata a la basura, ya que era IMPOSIBLE, compré un test de embarazo. Lo hice en el consultorio, entre paciente y paciente, esperando los 5 minutos reglamentarios con la tirita sumergida, y con toda la tranquilidad me dirigí al baño, donde 2 clarísimas rayas rojas me esperaban con la buena nueva.

No hizo falta que viera el papelito con el informe que decía XY para que yo tuviera la absoluta certeza de que era un varón. Un hermoso, sano y bienvenidísimo varón, que por supuesto, se llamó Rafael. 

Papá y yo estamos en paz. El se fue sabiendo que siempre cumplió conmigo. Y yo al fin pude decir que también cumplí con él. 

Gisela 

Hoy murió Elie Wiesel. Premio Nobel de la paz, sobreviviente del Holocausto y gran escritor. Fue el autor entre otros muchos libros de “La noche. El alba. El día”, libro que leí hace muchos años y que despertó en mí el deseo de saber lo que había sido de mi propia familia en el Holocausto. Hasta entonces pensaba que indagar al respecto solo podía traer dolor, y ya que nada iba a devolvernos a los muertos, no tenía mayor sentido.

Entre todos ellos, la familia de mi mamá, sus abuelos, sus tíos, sus primos, asesinados por los nazis de diferentes formas y en distintas circunstancias, la que más me fascinaba, por decirlo de alguna manera, siempre fue Gisela. Quizás porque en su recuerdo mi segundo nombre es el suyo. Quizás porque hasta que me propuse averiguar lo que le pasó nadie había sabido decirles ni a mis abuelos ni a mi mamá qué ocurrió con ella exactamente. Gisela aparecía en mis sueños muy seguido, con su carita de nena triste. Hasta llegué a pensar que podía estar viva. 

Gisela era prima hermana de mi mamá y había nacido en Viena en 1929. Hija única de un matrimonio ya grande, era, según cuenta mi mamá que le contaba su papá, una nena dulce, inteligente y muy estudiosa. El orgullo de sus padres. La sobrina preferida de mi zeide, quizás por ser la hija de Sally, su hermana más querida, quizás por tenerla lejos ya que vivían en países diferentes, Gisela y sus padres en Austria, mi zeide y el resto de la familia en Polonia. 

La tecnología me permitió alrededor del 2002, empezar a indagar, a bucear en un mar de información para saber y entender qué pasó, qué les hicieron. Para obtener quizás una fecha  en la que prender una vela por sus almas, o el nombre de un lugar a donde un día, quizás poder llevar una piedra de recordación. 

Gisela fue deportada junto a sus padres al gueto de Lodz, en octubre de 1941. Allí se mantuvieron juntos hasta que, 11 meses después, en septiembre de 1942, sus padres Sally y Meir fueron deportados a Chelmno, un campo de concentración ubicado a 70 km de Lodz, donde al otro día de su llegada fueron asesinados en la cámara de gas. 

Gisela se quedó sola antes de cumplir 13 años. Una familia originaria de Lodz la acogió. El padre de esa familia sobrevivió y terminada la guerra emigró a Israel. Dio su testimonio en el Museo del Holocausto, donde contó lo que sabía sobre el destino de Gisela, gracias a él lo sabemos también nosotros hoy. 

En el verano de 1944, los nazis decidieron finalmente comenzar con la liquidación gradual de la población que quedaba del gueto. Gran parte fueron llevados a Chelmno, y los restantes, ante la proximidad cada vez mayor de las tropas soviéticas, fueron deportados a Auschwitz. Gisela pasó por ese infierno. Pero no fue suficiente porque sobrevivió, solamente para ser transferida a otro campo de concentración, Stutthof, ubicado en una zona aislada, húmeda y boscosa al oeste del pequeño poblado de Sztutowo (en alemán Stutthof). Finalmente allí murió a los 15 años de edad, tan solo unos días antes de que el campo fuera liberado por los aliados, el 9 de mayo de 1945.

La incierta fecha de su muerte parece una burla. Sobrevivir a ese infierno hasta casi el final y no lograrlo es una broma macabra. Mi ya de por sí tambaleante fe en un ser superior flaquea aún más al pensar en Gisela. En ella y en los 6 millones. En el millón y medio de niños que corrieron una suerte similar.

Como no sé la fecha exacta de su muerte, todos los 9 de mayo prendo una vela en su memoria. Y quizás algún día pueda viajar a Polonia y deje una piedra de recordación por ella en Stutthof. 

“Si queremos vivir y legar vida a nuestros hijos, si creemos que tenemos que abrir el camino al futuro, debemos ante todo no olvidar.” (Prof. Ben Zion Dinur, Yad Vashem, 1956)

Gisela en 1938 aprox.

Yani.

Tengo un solo hermano, 7 años más grande que yo. Es autista. Autista con el autismo clásico que describió Leo Kanner en 1943. Se llama Daniel, pero siempre le dijimos Yani.

Yani fue un bebé hermoso, de 3750 g, que nació por parto forcipal porque un mal obstetra no respetó a mi madre y no hizo la cesárea que debió haber hecho. Un viejo axioma de la obstetricia dice “la parturienta no debe ver salir el sol 2 veces”. Mi madre vio 2 amaneceres en trabajo de parto. 

Si bien la etiología del autismo es desconocida, se habla del trauma de parto como un factor concomitante o desencadenante. 

El diagnóstico fue a los 3 años de edad, aunque los síntomas habían comenzado alrededor de los 18 meses en forma de regresión; las habilidades propias de los bebés de esa edad que había adquirido fueron desapareciendo. 

No puedo imaginar cómo mis padres, dos treintañeros primerizos y llenos de ilusiones se levantaron al día siguiente de esa devastadora noticia, pero lo hicieron. Se levantaron, trabajaron y buscaron desesperadamente otro hijo que viniera a completar la familia y a asegurar el futuro de Yani cuando ellos no estuvieran. Mamá perdía los embarazos, uno tras otro, hasta que finalmente, gracias a los buenos oficios del reposo y la progesterona, llegué yo. 

Aunque manejaba escaso lenguaje, sus primeras palabras al verme fueron “qué porquería”. Acto seguido me bautizó “la Caraja”. Cuando mamá fue dada de alta del Sanatorio y me llevaron a casa, agarró su almohada profundamente ofendido y se fue a dormir al living, en el suelo. Evidentemente nuestro amor no fue a primera vista. 

Mis primeros años los recuerdo llenos de celos de mi hermano. No entendía por qué mi mamá siempre le daba la mano a él en la calle, y no a mí. Por qué lo atendía primero siempre a él. Por qué no hablaba. Por qué no era como los demás nenes. Pero poco a poco, alrededor de mis cuatro años, empecé a entender. Sobre todo empecé a darme cuenta cuánto me necesitaba, qué importante era yo para él, y que, aún con su problema, podíamos interaccionar como 2 hermanos comunes y corrientes. Nos hicimos una dupla inseparable. Jugamos, peleamos y nos divertimos como cualquier pareja de hermanos. Tiramos cosas por el balcón, hicimos volar todos los discos de mamá pretendiendo que eran la vincha de la Mujer Maravilla (se suponía que tenían que volver a nuestras manos, no estrellarse y hacerse añicos) y nos sentábamos en el suelo pegando una oreja al parlante del tocadiscos para escuchar mejor. Más de una vez soportamos miradas curiosas, insolentes, burlonas. Más de una vez increpé a un extraño: “qué carajo mirás?”. Por suerte eso con el tiempo fue cambiando. Ahora las miradas son más respetuosas, más ubicadas, más pudorosas. 

Yani fue mi compañero de fierro durante todos los años que estudié medicina. Se sentaba a mi lado horas viéndome estudiar, mirando cómo subrayaba los libros (soy una subrayadora compulsiva), incluso una vez quiso ayudarme subrayando él mismo mi libro de Histología. Cuando me veía flaquear, me agarraba de la mano. 

Yani es capaz de dar el amor más puro que puede existir. Entre nosotros nunca habrá resquemores ni malos entendidos. Y lamento profundamente que no los haya. Me duele terriblemente que nunca lleguemos a putearnos, a mandarnos a la mierda, me duele que no haya podido estar en mi casamiento ni en mi jura, ni en el nacimiento de mis hijos, pero mucho más me duele no haber podido estar en los de él. Me duele con el dolor más grande de mi vida que nunca haya podido tener lo que por derecho natural le correspondía. Me duele y me da muchísima bronca.

Una vez leí un cuento “La rosa azul” que se trataba de una nena como Yani. Como el nene que fue Yani. Y es así tal cual, así es como lo veo. Cualquiera puede tener una rosa roja o rosa o blanca, pero las rosas azules son muy raras. Por eso hay que cuidarlas, protegerlas mucho. Y amarlas aún más.

Yani y yo circa 1980

Mis abuelos maternos se casaron en el hotel de Inmigrantes.

Mis abuelos maternos se conocieron en el pueblo (Kopychintsy), en Polonia. Aunque tenían el mismo apellido (Katz) NO ERAN PRIMOS. Mi zeide era 12 años mayor que mi bobe, y antes había sido novio de la hermana mayor de ella, q lo dejó por un candidato más acaudalado.

En el año 1936, de novios y comprometidos, mi zeide decidió emigrar ante la falta de trabajo y el creciente clima de guerra q se avecinaba. El destino elegido fue la Argentina, próspera tierra de oportunidades. Consiguió trabajo y ahorró hasta que dos años después pudo pagar el pasaje para su novia. Pero hete aquí que al momento de solicitar la visa para ella, le fue denegada, no una sino tres veces. 

El motivo, aunque en ese momento nadie lo sabía, era la circular Nro 11. La Circular Número 11 del año 1938 fue uno de los secretos más celosamente custodiados por el Estado argentino. Firmada por el canciller José María Cantilo el 12 de julio de 1938 y enviada a todas las delegaciones de este país en el mundo, la Circular 11 estaba destinada específicamente a detener la entrada al país de judíos europeos que huían del régimen nazi. La instrucción negaba la visa a ciudadanos de origen judío, en tiempos en que en la Alemania nazi comenzaba a maquinarse el Holocausto.

Ante esta situación mi zeide,  desesperado y decidido ya a volver a Polonia aún estando a las puertas de la guerra, un día recibió la visita de un cliente que lo estimaba mucho. Y al verlo tan triste le preguntó: 

– Qué te pasa, Juancito? (Mi zeide se llamaba Jacobo pero acá todos lo llamaban Juancito). 

El cliente era el director de la escuela Gimenez Zapiola de Floresta (en la que estudió mi papá y de la cual vivimos en frente por años).  A su vez también era sobrino de un alto funcionario del gobierno. Al contarle mi zeide lo que pasaba, prometió ayudarlo.

Dos días después la visa para mi bobe ya estaba disponible. Ella llegó el 23 de agosto de 1938 en el Kosciuszko.

 Se casaron ese mismo día, un rabino y un juez de paz los casaron en el hotel de Inmigrantes. Y tuvieron una hija, que es mi mamá.

Como la tradición dice que es de mala suerte que los novios guarden la Ketubá (contrato matrimonial judío) en su hogar, la Ketubá de mis abuelos se extravió, pero eso ya da lugar a otra historia…

Respetarás tu parto

Muchas veces tuve ganas de llorar agarrándole la mano a una paciente. Pero nunca antes había tenido ganas de llorar de rabia y de impotencia en esa situación.

Hoy llegó a mi guardia una madre con su hijo muerto. Había decidido tener el parto en su domicilio, aunque era su primer bebé y estaba en podálica (de cola). De familia acomodada e instruída, todos habían intentado disuadirla, sin éxito.

Las delincuentes que aceptaron llevar a cabo el trabajo de parto en el domicilio, al verse desbordadas por la situación llamaron al SAME. Y una ambulancia la fue a buscar, cuando ya no había más nada que hacer. Ni siquiera le hicieron el alumbramiento (salida de la placenta), el cual llevamos a cabo acá, en sala de partos, en condiciones de antisepsia,  con suero, medicación e instrumental quirúrgico.

Todos los que nos dedicamos al noble arte de curar, queremos que las cosas salgan bien. Estudiamos, nos formamos y especializamos, hacemos cursos de actualización para garantizarles a nuestros pacientes la mejor atención. Aunque en el sistema público no siempre contemos con todos los recursos.

Si te pongo un suero, no te estoy faltando el respeto, estoy impidiendo que si tenés una hemorragia, entres en shock hipovolémico.

Si te doy medicación, es porque es necesaria.

Si te rompo la bolsa, es porque es importante conocer el color del líquido. Nos da información de cómo la está pasando el bebé en la panza.

Si te digo que necesitás una cesárea, no es porque “te quiera sacar de encima rápido”. Yo acá tengo que estar 24 horas. Es porque intento, en el mejor de los casos, evitar complicaciones. En el peor, salvar tu vida y la de tu bebé.

El embarazo y el parto son hechos fisiológicos, es cierto. Pero rápidamente, de un momento a otro, pueden convertirse en patológicos y potencialmente mortales.

Contar con un hospital, con equipo entrenado, con anestesia, con un quirófano, es un privilegio. Privilegio que nuestras antecesoras de siglos pasados no pudieron gozar. Durante siglos las mujeres murieron de complicaciones en el embarazo y en el parto. Ellas no tenían la chance de elegir.

Mi cuerpo, mi parto, mi decisión?

No se trata de tu cuerpo: está tu hijo en el medio.

Mi parto? No sos la única protagonista, en realidad sos apenas un personaje secundario, el protagonista es él.

Tu decisión? No tenés la formación para saber cuando está en riesgo tu vida ni la de tu bebé.

Primum non nocere. Primero no dañar. Nosotros lo sabemos. Ustedes también tienen que saberlo.

En casa de herrero…

No suelo victimizarme. Soy una persona en general sana, excepto por un hipotiroidismo al que no le presto la más mínima atención, y una hernia de disco que me obliga a hacerlo cada vez que decide darme guerra.

Hay una sensación generalizada de que el médico “se cura solo”. O que no se enferma, en los casos más extremos. El médico no tiene fiebre, no siente dolor, no se cansa, y por supuesto, no se muere. Excepto que nada de eso es cierto.

Lamentablemente esta idea es compartida hasta por los mismos colegas. “Pedite un laboratorio” “hacete una plaquita”, nos recomendamos unos a otros,  sin reflexionar que, como seres humanos, merecemos también de vez en cuando ocupar el lugar de pacientes. Sobre todo cuando estamos efectivamente enfermos.

En el año 2005 nació mi primer hijo, por parto normal, y me tocó experimentar en carne propia el abandono que se siente al estar enfermo “por ser médica”.

El parto fue un poquito complicado. Un período expulsivo prolongado que casi deriva en una toma de fórceps, pero que ante mis lágrimas de súplica acabó con mi esposo y el anestesiólogo subidos encima mío, en una salvaje y atropellada maniobra de Kristeller que terminó conmigo desmayada, sin conocimiento (aunque nadie lo notó). Tal es así que me perdí el nacimiento. Volví en mí por mis propios medios, y ahí fue cuando lo oí llorar y nada más importó.

El bebé fue llevado a neonatología, porque tenía una pequeña dificultad respiratoria, y yo a mi habitación. Era casi la medianoche del 14 de agosto, día del niño. Salí de la sala de partos sin poder mover las piernas, cosa que me llamó la atención porque la peridural había sido de conducción, es decir que debí haber podido moverlas. Tampoco durante el trabajo de parto tuve sensación de pujo, pujaba cuando la partera (gran amiga y gran profesional) me lo indicaba. La anestesia había sido más profunda de lo que debía haber sido para el trabajo de parto.

Al día siguiente mi hijo permanecía internado en neonatología, y yo, 15 horas después del parto no había orinado. No tenía sensación ni ganas, nada. Sin embargo había tomado líquidos y había recibido por lo menos litro y medio por vía endovenosa. Pronto empecé a notar que el sangrado aumentaba, si la vejiga se llena excesivamente el útero deja de retraerse.

La cosa pasaba de castaño a oscuro: tenía un globo vesical. Lograr que el médico de guardia viniera a verme: misión imposible. Mi obstetra a su vez estaba de guardia en el hospital. Lo llamo, ya preocupada (era a todas luces evidente que el personal de la clínica pensaba permitir que me desangre), y él consigue que venga la enfermera (el médico bien, gracias) a sondarme para evacuar la vejiga.

Después de sondarme, el sangrado cedió. Logré miccionar normalmente a fuerza de concentración y voluntad. Y 2 días después volvíamos los 3, bebé, esposo y yo, a casa.

Ahí empezó el verdadero calvario. Apenas unas horas después de llegar a casa, chuchos, temblores y dolor lacerante en todo el cuerpo. Temperatura axilar: 40*. Así transcurrieron las siguientes 48 hs, fiebre altísima, chuchos, temblores que asemejaban convulsiones tónico- clónicas. Mi obstetra decía (telefónicamente) “es la subida de la leche”, sin embargo de la leche no había ni noticias.

Al tercer día recién se hizo la luz. Lumbalgia insoportable. Dolor terrible en la micción. Orina color borra de café. Tenía una pielonefritis. Mandé a esposo a comprar un frasco estéril y me auto pedí un urocultivo con antibiograma. Me automediqué con antibiótico, que tuve que auto rotar al recibir el antibiograma ya que el bicho que tenía era resistente a casi todo.

Mientras tanto, mi obstetra, colega y compañero de trabajo me atendía telefónicamente entre aburrido y fastidiado. Faltaba que me diga: “vos sabés todo esto tan bien como yo, por qué no te curás sola?”. En realidad debió haberme internado. La pielonefritis puerperal es potencialmente peligrosa. La paciente puede terminar muerta, o insuficiente renal. Se ve que no era mi hora.

Los médicos somos personas. Tenemos derecho a enfermarnos, y de hecho lo hacemos. A veces estamos mal, muy mal. Muchas veces sentimos dolor. Y muchas más veces tenemos miedo. Porque, precisamente, sabemos.

No debemos aceptar que se nos trate como médicos cuando somos pacientes. A veces necesitamos depender de alguien más.

Todo comienzo es difícil 

Empezar un blog es difícil. Sobre todo para alguien que, como yo, no sabe escribir. De todos modos, lo voy a intentar.

Todos los comienzos son difíciles. Empezar el jardín de infantes. Aprender a leer. Comenzar a estudiar una carrera. Pero lo más difícil, en mi experiencia, fue comenzar a ejercer.

Me recibí de médica a los 24 años, como muchos. Rendí un examen kilométrico y difícil para conseguir un puesto de residente en Tocoginecología y lo conseguí, como quería, en un hospital municipal. Eso sucedió en el año 2000. Pero nada, absolutamente nada, me preparó para lo que vendría.

Mi primera guardia fue un día jueves, día terrorífico para cualquier residente ya que la médica interna no estaba mucho en sus cabales. Tal era así que su nombre de batalla era “La Colifa”. La Colifa maltrataba a todo lo que se ponía delante de ella, con una clase de maltrato psicópata, llevaba las cosas al límite hasta provocar terror en la víctima elegida. Que por lo general era el pobre residente de primer año, pero podía ser cualquiera. Tenía además ojos grandes y negros, profundos, expresivos, que en un mili segundo lograban su cometido: llevar a la víctima a sentirse como un ratón en la ratonera. Una mirada, una palabra, una respiración fuera de lugar, podían hacer que la ira más violenta se desatara. En un par de ocasiones llegó a la agresión física.

Era además, temeraria en su conducta como profesional. Todo hay que decirlo, tenía una gran habilidad como obstetra. Sus cirugías eran las más rápidas, sus tomas de fórceps eran elegantes y 100% efectivas (ella fue la que me enseñó a hacerlo, porque se le metió en la cabeza que mi compañera de año y yo teníamos que ser las mejores en toma de fórceps. Logró que supiera hacerlo muy bien, también que lo deteste). En otras ocasiones en que tenía el juicio más nublado que de costumbre, era capaz de poner en peligro las vidas de la madre y del feto por capricho, para correr el límite un poquito más, ver hasta dónde podía llegar.

La Colifa tenía además, poderosos amigos dentro del hospital. Amigos y aliados, lo cual hacía que ni siquiera la jefatura se atreviera a contrariarla. 

Ahora, varios años después, como mujer adulta que soy, profesional con varios años de ejercicio, y ocupando el mismo lugar que esa mujer ocupaba, me pregunto: cómo un grupo de 10 personas jóvenes pero adultas, permitieron que esta situación se prolongara años y años? Cómo no la agarramos a trompadas? No soy para nada partidaria de la violencia pero entiendo que algunas personas solo captan ese idioma.

Enseñarle a un residente de primer año es una de las experiencias más hermosas que me han pasado. Ver su evolución, su transformación en tan solo un año de tímido estudiante a médico aguerrido es realmente maravilloso. Es un año determinante para el resto de la carrera.

Yo espero ser un buen recuerdo en la vida de mis residentes. Que mirando hacia atrás recuerden alguna vez que les enseñé tal o cual cosa. Que les sirva, que les sea provechoso. Me siento un poquito responsable por cada uno de ellos. Ayudarlos a convertirse en profesionales sólidos y honestos es parte de nuestra misión, una de las partes que más satisfacción nos da.