Gisela 

Hoy murió Elie Wiesel. Premio Nobel de la paz, sobreviviente del Holocausto y gran escritor. Fue el autor entre otros muchos libros de “La noche. El alba. El día”, libro que leí hace muchos años y que despertó en mí el deseo de saber lo que había sido de mi propia familia en el Holocausto. Hasta entonces pensaba que indagar al respecto solo podía traer dolor, y ya que nada iba a devolvernos a los muertos, no tenía mayor sentido.

Entre todos ellos, la familia de mi mamá, sus abuelos, sus tíos, sus primos, asesinados por los nazis de diferentes formas y en distintas circunstancias, la que más me fascinaba, por decirlo de alguna manera, siempre fue Gisela. Quizás porque en su recuerdo mi segundo nombre es el suyo. Quizás porque hasta que me propuse averiguar lo que le pasó nadie había sabido decirles ni a mis abuelos ni a mi mamá qué ocurrió con ella exactamente. Gisela aparecía en mis sueños muy seguido, con su carita de nena triste. Hasta llegué a pensar que podía estar viva. 

Gisela era prima hermana de mi mamá y había nacido en Viena en 1929. Hija única de un matrimonio ya grande, era, según cuenta mi mamá que le contaba su papá, una nena dulce, inteligente y muy estudiosa. El orgullo de sus padres. La sobrina preferida de mi zeide, quizás por ser la hija de Sally, su hermana más querida, quizás por tenerla lejos ya que vivían en países diferentes, Gisela y sus padres en Austria, mi zeide y el resto de la familia en Polonia. 

La tecnología me permitió alrededor del 2002, empezar a indagar, a bucear en un mar de información para saber y entender qué pasó, qué les hicieron. Para obtener quizás una fecha  en la que prender una vela por sus almas, o el nombre de un lugar a donde un día, quizás poder llevar una piedra de recordación. 

Gisela fue deportada junto a sus padres al gueto de Lodz, en octubre de 1941. Allí se mantuvieron juntos hasta que, 11 meses después, en septiembre de 1942, sus padres Sally y Meir fueron deportados a Chelmno, un campo de concentración ubicado a 70 km de Lodz, donde al otro día de su llegada fueron asesinados en la cámara de gas. 

Gisela se quedó sola antes de cumplir 13 años. Una familia originaria de Lodz la acogió. El padre de esa familia sobrevivió y terminada la guerra emigró a Israel. Dio su testimonio en el Museo del Holocausto, donde contó lo que sabía sobre el destino de Gisela, gracias a él lo sabemos también nosotros hoy. 

En el verano de 1944, los nazis decidieron finalmente comenzar con la liquidación gradual de la población que quedaba del gueto. Gran parte fueron llevados a Chelmno, y los restantes, ante la proximidad cada vez mayor de las tropas soviéticas, fueron deportados a Auschwitz. Gisela pasó por ese infierno. Pero no fue suficiente porque sobrevivió, solamente para ser transferida a otro campo de concentración, Stutthof, ubicado en una zona aislada, húmeda y boscosa al oeste del pequeño poblado de Sztutowo (en alemán Stutthof). Finalmente allí murió a los 15 años de edad, tan solo unos días antes de que el campo fuera liberado por los aliados, el 9 de mayo de 1945.

La incierta fecha de su muerte parece una burla. Sobrevivir a ese infierno hasta casi el final y no lograrlo es una broma macabra. Mi ya de por sí tambaleante fe en un ser superior flaquea aún más al pensar en Gisela. En ella y en los 6 millones. En el millón y medio de niños que corrieron una suerte similar.

Como no sé la fecha exacta de su muerte, todos los 9 de mayo prendo una vela en su memoria. Y quizás algún día pueda viajar a Polonia y deje una piedra de recordación por ella en Stutthof. 

“Si queremos vivir y legar vida a nuestros hijos, si creemos que tenemos que abrir el camino al futuro, debemos ante todo no olvidar.” (Prof. Ben Zion Dinur, Yad Vashem, 1956)

Gisela en 1938 aprox.

Yani.

Tengo un solo hermano, 7 años más grande que yo. Es autista. Autista con el autismo clásico que describió Leo Kanner en 1943. Se llama Daniel, pero siempre le dijimos Yani.

Yani fue un bebé hermoso, de 3750 g, que nació por parto forcipal porque un mal obstetra no respetó a mi madre y no hizo la cesárea que debió haber hecho. Un viejo axioma de la obstetricia dice “la parturienta no debe ver salir el sol 2 veces”. Mi madre vio 2 amaneceres en trabajo de parto. 

Si bien la etiología del autismo es desconocida, se habla del trauma de parto como un factor concomitante o desencadenante. 

El diagnóstico fue a los 3 años de edad, aunque los síntomas habían comenzado alrededor de los 18 meses en forma de regresión; las habilidades propias de los bebés de esa edad que había adquirido fueron desapareciendo. 

No puedo imaginar cómo mis padres, dos treintañeros primerizos y llenos de ilusiones se levantaron al día siguiente de esa devastadora noticia, pero lo hicieron. Se levantaron, trabajaron y buscaron desesperadamente otro hijo que viniera a completar la familia y a asegurar el futuro de Yani cuando ellos no estuvieran. Mamá perdía los embarazos, uno tras otro, hasta que finalmente, gracias a los buenos oficios del reposo y la progesterona, llegué yo. 

Aunque manejaba escaso lenguaje, sus primeras palabras al verme fueron “qué porquería”. Acto seguido me bautizó “la Caraja”. Cuando mamá fue dada de alta del Sanatorio y me llevaron a casa, agarró su almohada profundamente ofendido y se fue a dormir al living, en el suelo. Evidentemente nuestro amor no fue a primera vista. 

Mis primeros años los recuerdo llenos de celos de mi hermano. No entendía por qué mi mamá siempre le daba la mano a él en la calle, y no a mí. Por qué lo atendía primero siempre a él. Por qué no hablaba. Por qué no era como los demás nenes. Pero poco a poco, alrededor de mis cuatro años, empecé a entender. Sobre todo empecé a darme cuenta cuánto me necesitaba, qué importante era yo para él, y que, aún con su problema, podíamos interaccionar como 2 hermanos comunes y corrientes. Nos hicimos una dupla inseparable. Jugamos, peleamos y nos divertimos como cualquier pareja de hermanos. Tiramos cosas por el balcón, hicimos volar todos los discos de mamá pretendiendo que eran la vincha de la Mujer Maravilla (se suponía que tenían que volver a nuestras manos, no estrellarse y hacerse añicos) y nos sentábamos en el suelo pegando una oreja al parlante del tocadiscos para escuchar mejor. Más de una vez soportamos miradas curiosas, insolentes, burlonas. Más de una vez increpé a un extraño: “qué carajo mirás?”. Por suerte eso con el tiempo fue cambiando. Ahora las miradas son más respetuosas, más ubicadas, más pudorosas. 

Yani fue mi compañero de fierro durante todos los años que estudié medicina. Se sentaba a mi lado horas viéndome estudiar, mirando cómo subrayaba los libros (soy una subrayadora compulsiva), incluso una vez quiso ayudarme subrayando él mismo mi libro de Histología. Cuando me veía flaquear, me agarraba de la mano. 

Yani es capaz de dar el amor más puro que puede existir. Entre nosotros nunca habrá resquemores ni malos entendidos. Y lamento profundamente que no los haya. Me duele terriblemente que nunca lleguemos a putearnos, a mandarnos a la mierda, me duele que no haya podido estar en mi casamiento ni en mi jura, ni en el nacimiento de mis hijos, pero mucho más me duele no haber podido estar en los de él. Me duele con el dolor más grande de mi vida que nunca haya podido tener lo que por derecho natural le correspondía. Me duele y me da muchísima bronca.

Una vez leí un cuento “La rosa azul” que se trataba de una nena como Yani. Como el nene que fue Yani. Y es así tal cual, así es como lo veo. Cualquiera puede tener una rosa roja o rosa o blanca, pero las rosas azules son muy raras. Por eso hay que cuidarlas, protegerlas mucho. Y amarlas aún más.

Yani y yo circa 1980

Mis abuelos maternos se casaron en el hotel de Inmigrantes.

Mis abuelos maternos se conocieron en el pueblo (Kopychintsy), en Polonia. Aunque tenían el mismo apellido, NO ERAN PRIMOS. Mi zeide era 12 años mayor que mi bobe, y antes había sido novio de la hermana mayor de ella, q lo dejó por un candidato más acaudalado.

En el año 1936, de novios y comprometidos, mi zeide decide emigrar ante la falta de trabajo y el creciente clima de guerra q se avecinaba. El destino elegido fue la Argentina, próspera tierra de oportunidades. Consiguió trabajo y ahorró hasta que dos años después pudo pagar el pasaje para su novia. Pero hete aquí que al momento de solicitar la visa para ella, le fue denegada, no una sino tres veces. 

El motivo, aunque en ese momento nadie lo sabía, era la circular Nro 11. La Circular Número 11 del año 1938 fue uno de los secretos más celosamente custodiados por el Estado argentino. Firmada por el canciller José María Cantilo el 12 de julio de 1938 y enviada a todas las delegaciones de este país en el mundo, la Circular 11 estaba destinada específicamente a detener la entrada al país de judíos europeos que huían del régimen nazi. La instrucción negaba la visa a ciudadanos de origen judío, en tiempos en que en la Alemania nazi comenzaba a maquinarse el Holocausto.

Ante esta situación mi zeide,  desesperado y decidido ya a volver a Polonia aún estando a las puertas de la guerra, un día recibió la visita de un cliente que lo estimaba mucho. Y al verlo tan triste le preguntó: 

– Qué te pasa, Juancito? (Mi zeide se llamaba Jacobo pero acá todos lo llamaban Juancito). 

El cliente era el director de la escuela Gimenez Zapiola de Floresta (en la que estudió mi papá y de la cual vivimos en frente por años).  A su vez también era sobrino de un alto funcionario del gobierno. Al contarle mi zeide lo que pasaba, prometió ayudarlo.

Dos días después la visa para mi bobe ya estaba disponible. Ella llegó el 23 de agosto de 1938 en el Kosciuszko.

 Se casaron ese mismo día, un rabino y un juez de paz los casaron en el hotel de Inmigrantes. Y tuvieron 1 hija que fue mi mamá.

Como la tradición dice que es de mala suerte que los novios guarden la Ketubá (contrato matrimonial judío) en su hogar, la Ketubá de mis abuelos se extravió, pero eso ya da lugar a otra historia…

Respetarás tu parto

Muchas veces tuve ganas de llorar agarrándole la mano a una paciente. Pero nunca antes había tenido ganas de llorar de rabia y de impotencia en esa situación.

Hoy llegó a mi guardia una madre con su hijo muerto. Había decidido tener el parto en su domicilio, aunque era su primer bebé y estaba en podálica (de cola). De familia acomodada e instruída, todos habían intentado disuadirla, sin éxito.

Las delincuentes que aceptaron llevar a cabo el trabajo de parto en el domicilio, al verse desbordadas por la situación llamaron al SAME. Y una ambulancia la fue a buscar, cuando ya no había más nada que hacer. Ni siquiera le hicieron el alumbramiento (salida de la placenta), el cual llevamos a cabo acá, en sala de partos, en condiciones de antisepsia,  con suero, medicación e instrumental quirúrgico.

Todos los que nos dedicamos al noble arte de curar, queremos que las cosas salgan bien. Estudiamos, nos formamos y especializamos, hacemos cursos de actualización para garantizarles a nuestros pacientes la mejor atención. Aunque en el sistema público no siempre contemos con todos los recursos.

Si te pongo un suero, no te estoy faltando el respeto, estoy impidiendo que si tenés una hemorragia, entres en shock hipovolémico.

Si te doy medicación, es porque es necesaria.

Si te rompo la bolsa, es porque es importante conocer el color del líquido. Nos da información de cómo la está pasando el bebé en la panza.

Si te digo que necesitás una cesárea, no es porque “te quiera sacar de encima rápido”. Yo acá tengo que estar 24 horas. Es porque intento, en el mejor de los casos, evitar complicaciones. En el peor, salvar tu vida y la de tu bebé.

El embarazo y el parto son hechos fisiológicos, es cierto. Pero rápidamente, de un momento a otro, pueden convertirse en patológicos y potencialmente mortales.

Contar con un hospital, con equipo entrenado, con anestesia, con un quirófano, es un privilegio. Privilegio que nuestras antecesoras de siglos pasados no pudieron gozar. Durante siglos las mujeres murieron de complicaciones en el embarazo y en el parto. Ellas no tenían la chance de elegir.

Mi cuerpo, mi parto, mi decisión?

No se trata de tu cuerpo: está tu hijo en el medio.

Mi parto? No sos la única protagonista, en realidad sos apenas un personaje secundario, el protagonista es él.

Tu decisión? No tenés la formación para saber cuando está en riesgo tu vida ni la de tu bebé.

Primum non nocere. Primero no dañar. Nosotros lo sabemos. Ustedes también tienen que saberlo.

En casa de herrero…

No suelo victimizarme. Soy una persona en general sana, excepto por un hipotiroidismo al que no le presto la más mínima atención, y una hernia de disco que me obliga a hacerlo cada vez que decide darme guerra.

Hay una sensación generalizada de que el médico “se cura solo”. O que no se enferma, en los casos más extremos. El médico no tiene fiebre, no siente dolor, no se cansa, y por supuesto, no se muere. Excepto que nada de eso es cierto.

Lamentablemente esta idea es compartida hasta por los mismos colegas. “Pedite un laboratorio” “hacete una plaquita”, nos recomendamos unos a otros,  sin reflexionar que, como seres humanos, merecemos también de vez en cuando ocupar el lugar de pacientes. Sobre todo cuando estamos efectivamente enfermos.

En el año 2005 nació mi primer hijo, por parto normal, y me tocó experimentar en carne propia el abandono que se siente al estar enfermo “por ser médica”.

El parto fue un poquito complicado. Un período expulsivo prolongado que casi deriva en una toma de fórceps, pero que ante mis lágrimas de súplica acabó con mi esposo y el anestesiólogo subidos encima mío, en una salvaje y atropellada maniobra de Kristeller que terminó conmigo desmayada, sin conocimiento (aunque nadie lo notó). Tal es así que me perdí el nacimiento. Volví en mí por mis propios medios, y ahí fue cuando lo oí llorar y nada más importó.

El bebé fue llevado a neonatología, porque tenía una pequeña dificultad respiratoria, y yo a mi habitación. Era casi la medianoche del 14 de agosto, día del niño. Salí de la sala de partos sin poder mover las piernas, cosa que me llamó la atención porque la peridural había sido de conducción, es decir que debí haber podido moverlas. Tampoco durante el trabajo de parto tuve sensación de pujo, pujaba cuando la partera (gran amiga y gran profesional) me lo indicaba. La anestesia había sido más profunda de lo que debía haber sido para el trabajo de parto.

Al día siguiente mi hijo permanecía internado en neonatología, y yo, 15 horas después del parto no había orinado. No tenía sensación ni ganas, nada. Sin embargo había tomado líquidos y había recibido por lo menos litro y medio por vía endovenosa. Pronto empecé a notar que el sangrado aumentaba, si la vejiga se llena excesivamente el útero deja de retraerse.

La cosa pasaba de castaño a oscuro: tenía un globo vesical. Lograr que el médico de guardia viniera a verme: misión imposible. Mi obstetra a su vez estaba de guardia en el hospital. Lo llamo, ya preocupada (era a todas luces evidente que el personal de la clínica pensaba permitir que me desangre), y él consigue que venga la enfermera (el médico bien, gracias) a sondarme para evacuar la vejiga.

Después de sondarme, el sangrado cedió. Logré miccionar normalmente a fuerza de concentración y voluntad. Y 2 días después volvíamos los 3, bebé, esposo y yo, a casa.

Ahí empezó el verdadero calvario. Apenas unas horas después de llegar a casa, chuchos, temblores y dolor lacerante en todo el cuerpo. Temperatura axilar: 40*. Así transcurrieron las siguientes 48 hs, fiebre altísima, chuchos, temblores que asemejaban convulsiones tónico- clónicas. Mi obstetra decía (telefónicamente) “es la subida de la leche”, sin embargo de la leche no había ni noticias.

Al tercer día recién se hizo la luz. Lumbalgia insoportable. Dolor terrible en la micción. Orina color borra de café. Tenía una pielonefritis. Mandé a esposo a comprar un frasco estéril y me auto pedí un urocultivo con antibiograma. Me automediqué con antibiótico, que tuve que auto rotar al recibir el antibiograma ya que el bicho que tenía era resistente a casi todo.

Mientras tanto, mi obstetra, colega y compañero de trabajo me atendía telefónicamente entre aburrido y fastidiado. Faltaba que me diga: “vos sabés todo esto tan bien como yo, por qué no te curás sola?”. En realidad debió haberme internado. La pielonefritis puerperal es potencialmente peligrosa. La paciente puede terminar muerta, o insuficiente renal. Se ve que no era mi hora.

Los médicos somos personas. Tenemos derecho a enfermarnos, y de hecho lo hacemos. A veces estamos mal, muy mal. Muchas veces sentimos dolor. Y muchas más veces tenemos miedo. Porque, precisamente, sabemos.

No debemos aceptar que se nos trate como médicos cuando somos pacientes. A veces necesitamos depender de alguien más.

Todo comienzo es difícil 

Empezar un blog es difícil. Sobre todo para alguien que, como yo, no sabe escribir. De todos modos, lo voy a intentar.

Todos los comienzos son difíciles. Empezar el jardín de infantes. Aprender a leer. Comenzar a estudiar una carrera. Pero lo más difícil, en mi experiencia, fue comenzar a ejercer.

Me recibí de médica a los 24 años, como muchos. Rendí un examen kilométrico y difícil para conseguir un puesto de residente en Tocoginecología y lo conseguí, como quería, en un hospital municipal. Eso sucedió en el año 2000. Pero nada, absolutamente nada, me preparó para lo que vendría.

Mi primera guardia fue un día jueves, día terrorífico para cualquier residente ya que la médica interna no estaba mucho en sus cabales. Tal era así que su nombre de batalla era “La Colifa”. La Colifa maltrataba a todo lo que se ponía delante de ella, con una clase de maltrato psicópata, llevaba las cosas al límite hasta provocar terror en la víctima elegida. Que por lo general era el pobre residente de primer año, pero podía ser cualquiera. Tenía además ojos grandes y negros, profundos, expresivos, que en un mili segundo lograban su cometido: llevar a la víctima a sentirse como un ratón en la ratonera. Una mirada, una palabra, una respiración fuera de lugar, podían hacer que la ira más violenta se desatara. En un par de ocasiones llegó a la agresión física.

Era además, temeraria en su conducta como profesional. Todo hay que decirlo, tenía una gran habilidad como obstetra. Sus cirugías eran las más rápidas, sus tomas de fórceps eran elegantes y 100% efectivas (ella fue la que me enseñó a hacerlo, porque se le metió en la cabeza que mi compañera de año y yo teníamos que ser las mejores en toma de fórceps. Logró que supiera hacerlo muy bien, también que lo deteste). En otras ocasiones en que tenía el juicio más nublado que de costumbre, era capaz de poner en peligro las vidas de la madre y del feto por capricho, para correr el límite un poquito más, ver hasta dónde podía llegar.

La Colifa tenía además, poderosos amigos dentro del hospital. Amigos y aliados, lo cual hacía que ni siquiera la jefatura se atreviera a contrariarla. 

Ahora, varios años después, como mujer adulta que soy, profesional con varios años de ejercicio, y ocupando el mismo lugar que esa mujer ocupaba, me pregunto: cómo un grupo de 10 personas jóvenes pero adultas, permitieron que esta situación se prolongara años y años? Cómo no la agarramos a trompadas? No soy para nada partidaria de la violencia pero entiendo que algunas personas solo captan ese idioma.

Enseñarle a un residente de primer año es una de las experiencias más hermosas que me han pasado. Ver su evolución, su transformación en tan solo un año de tímido estudiante a médico aguerrido es realmente maravilloso. Es un año determinante para el resto de la carrera.

Yo espero ser un buen recuerdo en la vida de mis residentes. Que mirando hacia atrás recuerden alguna vez que les enseñé tal o cual cosa. Que les sirva, que les sea provechoso. Me siento un poquito responsable por cada uno de ellos. Ayudarlos a convertirse en profesionales sólidos y honestos es parte de nuestra misión, una de las partes que más satisfacción nos da.