Mi abuela paterna, que se llamaba Leonora igual que yo o mejor dicho yo me llamo Leonora igual que ella, tenía una prima en Turquía a la que quería mucho. Perla era su nombre. Mi abuela (que era una mujer muy decidida) pensó que lo mejor para Perla y su futuro era venir a vivir a la Argentina. Pero en esa época o venía con los padres o venía casada, o se casaba apenas ponía un pie en tierra.Casualmente (o no tanto) mi abuelo paterno, Nissim, tenía un primo soltero, llamado Jacobo. Gerente en Bonafide. Buen mozo. Inmejorable candidato.

Mis abuelos decidieron entonces poner manos a la obra y mientras Nissim se ocupaba de convencer a Jacobo, Leonora escribía a Turquía y le mandaba la foto de Jacobo a Perla. Perla quedó enamorada de los profundos ojos negros de Jacobo, de su porte elegante, su expresión seria e inteligente. Se tomó el barco y vino. De Esmirna a Buenos Aires. Con solo 18 años.

El detalle es que Perla medía 1,80 m. 

Cuando Perla bajó del barco estaban esperándola mis abuelos y Jacobo con un ramo de flores y su imponente (o no tan imponente) metro 60.

Desesperada, Perla dio media vuelta y se volvió a subir al barco. 

Mis abuelos, el capitán del barco y buena parte de la tripulación corrieron atrás de ella, mientras Jacobo, dolido y decepcionado, volvía solo con su ramo de flores a su casa. 

Mientras tanto, a Perla la convencieron de bajar y la llevaron a casa de mis abuelos.

Por lo menos esa es la versión que a mí me contó mi tía Susana de los hechos. A mi tía Susana le encantaba agregarle dramatismo a los relatos aunque fueran ya de por sí todo lo dramáticos que se pueda imaginar.

Al otro día Perla y Jacobo se casaron, tal como estaba planeado. Y se amaron con locura durante más de 50 años.

Ella lo llamaba “mi bey” que en turco quiere decir “mi señor”

Y el le decía mi hanuma, q en ladino significa “mi querida”. 

No pudieron tener hijos, pero sí tuvieron un montón de sobrinos que siempre estaban en su casa.

Obviamente mi viejo el primero, ya que quedó huérfano de madre siendo muy chiquito y además la tía Perla cocinaba como los dioses.

Otra rara habilidad de la tía Perla era leer la borra del café.

Cuando mi mamá estaba embarazada de Yani, mi hermano mayor, ella le leyó la borra del café. Y en un momento dado tiró la taza al suelo y le dijo “no quiero ver no me preguntes más nada”. Mi hermano Yani es autista, creemos que la tía Perla pudo ver dentro de esa taza algo del difícil camino que les esperaba.

Después, cuando mi mamá perdía los embarazos, la tía Perla fue, le compró un colchón y se lo llevó a la casa. Y le dijo: acá van a hacer a la Leonorucha, que viene a ser esta servidora.

Perla tenía un hermano q también vino a la Argentina, se llamaba Solís. Vino enfermo de tuberculosis y mi abuela le pagó el tratamiento.

Solís se curó completamente. Como tenía una maravillosa voz, se convirtió en el Jazán (el que canta en las ceremonias) del templo de la calle Azul en Flores, del que mi abuelo fue fundador.

Muchos años después, el hijo de Solís, Felipe, cuando cumplió 18 años lo fue a ver a mi papá para pedirle consejo, porque no sabía qué carrera quería seguir, si ingeniero o rabino (la tenía clarísima evidentemente). Entonces mi viejo le tomó una pruebita de orientación. Y viendo el resultado le dijo: “definitivamente tenés que ser rabino”. Así fue como Felipe efectivamente se convirtió en rabino, y fue el que ofició mi ceremonia de bodas. 

Yo no conocí a la tía Perla. Falleció cuando yo tenía 6 meses. Muy poco tiempo después la siguió Jacobo, que no pudo vivir sin ella. 

Y como acostumbramos decir, “zijronám librajá”: que sus memorias sean benditas. 

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