Terminando la Semana del Parto Respetado, y luego de haber visto y leído tanto en tantos medios, siento que me quedan más interrogantes que respuestas. Es imposible ver la realidad actual, el rechazo de tantas pacientes a la obstetricia tradicional sin plantearnos un sincero y profundo mea culpa. En qué fallamos? Fallamos nosotros, falló el sistema. Falló el paradigma de la antigua medicina. Y ahí donde fallamos, y mientras no nos hagamos cargo de que fallamos, entran los oportunistas. Porque, como dijo una gran amiga, “que parto respetado no sea sinónimo de parto irresponsable”.
Y es irresponsable difundir mentiras. Afirmar que toda intervención en la normal progresión del trabajo de parto es innecesaria. Porque muchas veces las intervenciones médicas no son solamente necesarias sino imprescindibles para salvar la vida de madre e hijo.

La Obstetricia es el arte y la ciencia que viene a aportar las soluciones de las complicaciones del embarazo y del parto cuando alguna eventualidad las desencadena.
Si bien el parto es y ha sido durante miles de años un hecho natural, no podemos dejar de saber que muchas mujeres perdían la vida durante el mismo y muchos niños nunca llegaron a vivir por las mismas razones.
Cuando se comprendió y se decidió que el parto debía ser un evento seguro para la madre y para el niño el nacimiento se institucionalizó.

Aún el parto que ha sido precedido por el embarazo más normal concebible puede complicarse. Y esas complicaciones pueden ser tan impredecibles como desastrosas. Los minutos que transcurren entre la aparición de la complicación y su resolución, son preciosos y toda pérdida de tiempo es una chance menos para esa madre y ese niño.

El parto respetado tiene que venir imperiosamente de la mano de una paciente respetada. De una relación médico-paciente respetada. Dicha relación debe ser de total confianza y para eso nosotros, los especialistas, debemos comprometernos a acompañar, explicar, esperar cuando se pueda pero antes que nada a expresarnos claramente y con total sinceridad.
Yo no puedo comprometerme a realizar un parto sin episiotomía, porque no sé si no la voy a necesitar. Pero sí puedo comprometerme a explicarle a mi paciente por qué la necesita y a pedirle su consentimiento para hacerla. No puedo comprometerme por el mismo motivo a no administrar ninguna medicación, pero sí puedo comprometerme a explicar los beneficios de administrarla y los perjuicios de no hacerlo.
No puedo prometerle a mi paciente que su embarazo terminará con un parto natural, pero sí puedo asegurarle que solo tendrá una cesárea si esta es realmente necesaria.
Es bueno que la paciente se informe para poder decidir. Pero no toda información es buena, ni toda información es válida. Tampoco es lo mismo formación que información.
Aunque la paciente esté muy bien informada y comprenda los beneficios de tener un parto no intervenido, será el obstetra quien determine llegado el caso si debe ser intervenido o no. Y no por eso dejará de ser un parto respetado. Ni por eso faltará el respeto ni a la confianza que depositó en él la paciente, sino todo lo contrario.
Infundir miedo, desconfianza en la comunidad médica y difundir información sin fundamento científico o que no se corresponde con la realidad no es respetar ni al parto ni a la parturienta ni a nadie. Y responde a intereses oscuros, a gente inescrupulosa que pretende lucrar con la salud y la vida de las personas.
El parto es uno de los momentos más maravillosos en la vida de una mujer. Pero como todo hecho fisiológico, está sujeto a contingencias que escapan a lo que se pueda soñar o planear. Muchas veces la realidad no se corresponde 100% con las expectativas, y no por eso deja de ser maravilloso. Porque con o sin intervención, con o sin oxitocina, con o sin episiotomía, con o sin cesárea una madre y un hijo sanos son y serán siempre un éxito de la obstetricia. Y de la vida.

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