“Con dolor darás a luz a tus hijos y, con todo, tu deseo será para tu marido, y él tendrá dominio sobre ti” Génesis 3:16.
Durante siglos, o mejor dicho, milenios, las mujeres parieron a sus hijos siguiendo esta máxima del Génesis: por haber sido culpables de tentar a Adán con la manzana del conocimiento y así llevar a cabo el pecado original, el dolor, uno de los dolores más intensos que el cuerpo humano puede resistir, sería la constante en el cumplimiento de otro mandato: el de perpetuar la especie.
Son las 5 de la mañana y Ximena, de 19 años, primigesta, me dice que tiene muchas ganas de ir al baño. La reviso: está con 5 cm de dilatación, el cuello totalmente borrado y la cabecita de su bebé totalmente apoyada sobre el cuello. Si estuviéramos en una clínica o sanatorio privado, este sería el momento perfecto para avisarle al anestesiólogo que la paciente está más que lista para recibir la peridural, si así lo desea. Pero estamos en un hospital público de la ciudad de Buenos Aires, uno de los anestesiólogos de guardia está en quirófano central ocupado con un aneurisma, y el otro está en quirófano de guardia con un herido de bala. No hay chance de que Ximena escape al mandato “parirás con dolor”.
En 1847, a James Simpson, obstetra escocés nacido en 1811, se le ocurrió utilizar éter para alivio del dolor del trabajo de parto. Sin embargo, una gran duda lo aquejaba: qué pasaría si además de frenar el estímulo doloroso, el éter también frenaba la contractilidad uterina, deteniendo la normal progresión del trabajo de parto. Muy pronto tuvo la oportunidad de probarlo: fue convocado por un colega para ayudarlo a asistir un parto detenido por desproporción feto-pélvica. La paciente recibió el éter, las contracciones uterinas no se interrumpieron y gracias a la sedación Simpson pudo, mediante hábiles maniobras, extraer el feto que lamentablemente no sobrevivió. Probablemente sin el éter el feto no hubiera podido ser extraído y la madre también hubiera fallecido. Esta experiencia animó a Simpson a continuar utilizando el éter en trabajos de parto complicados, con considerable éxito.
En una época en la cual oponerse al mandato divino no era tan fácil, no tardaron en aparecer detractores del trabajo de Simpson: el clero escocés se opuso ferozmente a la utilización de cualquier elemento que aliviara el dolor del parto con que Dios había condenado a Eva y a todo el resto de sus sucesoras a sufrir por los siglos de los siglos.
Simpson prosiguió, sin embargo, sus investigaciones, probando distintos gases hasta que, durante un viaje, escuchó hablar acerca del cloroformo y decidió utilizarlo, con grandes resultados.
En 1853 fue la mismísima reina Victoria la que, en el parto de su octavo hijo, Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Gotha, recibió cloroformo de manos de su médico, el Dr John Snow, quien introdujo a la administración de este anestésico una pequeña modificación: solo lo administraba durante las contracciones, suspendiéndolo en el intervalo libre de dolor entre una y otra. La reina quedó tan conforme que nombró Sir al Dr Snow tras el nacimiento de su hijo. El parto de la reina fue el hito que marcó el verdadero inicio de la analgesia del dolor del parto.
A fines del siglo XIX surgieron nuevos estudios sobre la fisiología del dolor del parto, y a comienzos del siglo XX aparece la anestesia regional.
Carl Koller, oftalmólogo de origen austríaco, introdujo el uso de cocaína para anestesia regional, y su empleo permitió desarrollar varias técnicas: espinal, peridural, caudal, pudenda, etc.

El parto es una experiencia dolorosa para casi todas las mujeres. El dolor experimentado durante el trabajo de parto tiene múltiples aspectos: psicológicos, sociales y fisiológicos y su intensidad varía ampliamente de una mujer a otra. La analgesia del dolor del trabajo de parto ha permitido en innumerables casos vivir ese momento de una manera más placentera, disminuyendo el miedo y conectando a la parturienta de una manera amable con ese momento único e irrepetible.
Cada mujer tiene un umbral doloroso diferente y es perfectamente válido elegir no querer la peridural durante el trabajo de parto, no siendo esta necesaria ni para el normal desarrollo del mismo ni para el bienestar fetal. Pero no podemos dejar de saber que es un valioso recurso con el que muchas mujeres en nuestro país no cuentan.
Son las 6:30 hs. Ximena ya está en sala de partos con dilatación completa y lista para pujar. Fue difícil, fue doloroso. Ximena es muy joven, llora y dice que ya no puede más. Su pareja le da la mano, seca su transpiración, la alienta. Un último pujo, y el llanto de su bebé produce magia: Ximena ya es mamá.
Un rato después paso a verla a la sala, donde la encuentro sentada, amamantando a su bebé. Dolió mucho? Le pregunto. “Creo que sí, pero ya no me acuerdo”, me contesta.

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