Hace unos 25 años, quizás un poco más, irrumpió en el mercado un nuevo fármaco, análogo sintético de la Prostaglandina E1, que se utilizaba para la prevención y tratamiento de las úlceras gastro duodenales: el Misoprostol. Este fármaco estaba contraindicado en embarazadas, ya que podía producir abortos.Pronto se empezó a utilizar clandestinamente con esta finalidad, y para todos los que nos dedicamos a la ginecología y la obstetricia significó un antes y un después. Contrariamente a lo que se podría pensar, fue muy beneficioso. Dejamos prácticamente de ver mujeres víctimas de abortos clandestinos perpetrados con agujas de tejer, ramas de perejil y cuanto objeto inaudito y por supuesto no estéril podría imaginarse. Dejamos prácticamente de ver mujeres llegar a la guardia volando de fiebre, sépticas, que por haberse sometido a tales barbaridades perdían para siempre la posibilidad de elegir algún día ser madres, e incluso la vida. 

Pero sí seguimos viendo mujeres llegar a la guardia con hemorragias importantes, incluso con shock hipovolémico por la cuantía de la pérdida de sangre. Sí seguimos viendo mujeres que pese a haber utilizado la pastilla no expulsaban todo el material ovular, debiendo ser hospitalizadas para realizar un raspado evacuador. Seguimos viendo mujeres que, pensando que habían logrado un aborto completo, no era así y contraían infecciones por la retención de restos ovulares. 

La educación sexual es una herramienta clave, que permite a nuestros niños, adolescentes y jóvenes a comprender cómo funciona su cuerpo, especialmente en lo que tiene que ver por supuesto con la sexualidad y con la reproducción. Uno de sus pilares básicos es la enseñanza de métodos anticonceptivos y métodos de cuidado para la prevención de enfermedades de transmisión sexual. 

Últimamente se ha visto por las redes sociales que grupos pro aborto dan charlas en los colegios secundarios, a niños y niñas de primero y segundo año, enseñando cómo abortar de manera “segura” con “pastillas”, es decir, con Misoprostol. No sé ni por dónde empezar a enumerar todas las razones por las cuales esto me parece absolutamente equivocado y pernicioso. Demás está decir que ningún procedimiento médico es “seguro”, y mucho menos en manos de niños de 13 o 14 años. Hemorragias, infecciones, por empezar a enumerar algunas complicaciones que podrían surgir. Sin contar con qué facilidad esto se transformaría en el “método anticonceptivo” de elección para muchos adolescentes: “si es tan fácil abortar, ¿para que me voy a cuidar, que es tan engorroso?”, es el mensaje subliminal. Y si no les enseñamos a los adolescentes a prevenir un embarazo no deseado, mucho menos les estaríamos enseñando a protegerse de las diversas enfermedades a las que se ven expuestos, que podrían condicionar el resto de sus vidas, el HIV entre ellas. 

Es obvio que, más allá de lo que cada uno piense o sienta con respecto al tema del aborto, ha llegado el momento de plantear seriamente la discusión acerca de su despenalización. El histórico fallo de la Corte Suprema de Justicia del año 2012 que determinó que los abortos en caso de violación son no punibles, fue un paso muy importante, así como el protocolo, de aplicación obligatoria en todo el territorio argentino, del Ministerio de Salud de la Nación para la atención de personas con derecho a la interrupción legal del embarazo. Pero nada de esto reemplaza la educación. 

Niños de 12, 13 o 14 años son el campo fértil ideal para grabar a fuego la idea de que el cuerpo es sagrado, que debemos cuidarlo y protegerlo porque es nuestro y es el único que tenemos y la única manera de lograr esto es la prevención. 

Enseñar a abortar no es prevenir. Afirmar que es seguro es mentir. Exponer a riesgos para la salud a niños y niñas de los primeros años del secundario es criminal. 

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