Cuando cumplí 3 años mis padres decidieron que ya era hora de comenzar mi escolarización. Me anotaron en un jardincito cerca de mi casa, al que fui chocha de la vida llevando un libro bajo el brazo. Un mes después de ese primer día mi mamá, ya exhausta de pasar largas horas sentada en esas mini sillitas diseñadas para personas de menos de un metro de altura, le informó a la maestra jardinera que se retiraba, y que me pasaría a buscar en el horario de salida.Al pasar a buscarme me encontró hecha un mar de lágrimas, sentada en un rincón y abrazándome las rodillas con los brazos. 

– La nena dice cosas muy raras – le informó la maestra a mi mamá.

– Qué cosas raras dice la nena? – preguntó mi pobre madre al borde del desmayo.

– Dice: “mamá, llevame con vos, no querés que sigamos viendo pacientes juntas? 

El tema es que mamá, médica clínica de las de antes, de esos médicos que atendían a los abuelos, padres y aún niños si ante la urgencia no había un pediatra disponible, me llevaba con ella cuando no se trataba de un paciente con una enfermedad infectocontagiosa, como ser controles en pacientes que no podían trasladarse al consultorio, por ejemplo. Allí me recibían con bombos y platillos. Me servían torta, me regalaban caramelos, cintas para el pelo, vestidos de muñecas y a veces hasta me daban un rojo (10000 pesos Ley de aquélla época).

No hubo forma de convencerme de que me quedara en el jardín. Yo quería ir a ver pacientes con mi mamá, y así lo hicimos todo ese año hasta que al año siguiente no me quedó otra que resignarme a empezar mi educación en salita de 4.

Cuando tenía 8 años de edad, nos fuimos de vacaciones a Mar del Plata. Alquilamos un lindo chalet al lado de una veterinaria. En la vidriera, encerrado en una jaulita, había un cachorrito mitad pequinés, mitad vaya a saber qué, que cada vez que me veía pasar se desvivía en gracias a ver si lograba convencerme de llevarlo conmigo. Por supuesto que a mí me convenció inmediatamente. A papá tardó un poco más. El último día de vacaciones, ya con las valijas arriba del auto y a punto de regresar a casa, logré vencer la última resistencia de papá, y a pesar de las quejas de mamá el mestizo entre pequinés y terval fue formalmente adoptado y bautizado Timoteo. 

Timoteo alias Timi, apenas llegados a Buenos Aires, mostró las garras y los dientes. Gruñía y mordía a todo el que se le acercaba, especialmente a mí. Un día en que me agaché a tratar de razonar con él me mordió en la cara. Como era un cachorro con el esquema de vacunación inconcluso y un carácter inusualmente irascible, el pediatra indicó que se me aplicaran 3 dosis de vacuna antirrábica. Dicha vacuna, que una vez aplicada te tumba cual derechazo pugilístico, debía recibirla en el hospital Durand. 

Apenas entré por la puerta principal, tomada de la mano de mi mamá, le dije:

– Mami, qué rico olor!

– Te gusta este olor?- me preguntó ella, mitad sorprendida, mitad horrorizada.

– Me encanta!- le respondí yo. 

– Te gusta el olor a hospital. Vas a ser médica- dijo mamá en voz muy baja, pero yo la oí perfectamente. 

En 1991 mi papá tuvo un infarto. Lo ví agarrarse el pecho con la mano y caer al suelo, y no pude ni supe hacer nada más que salir corriendo mientras mi mamá se hacía cargo de la situación. Con una mano lo atendía y con la otra discaba el número de emergencias. Ví entrar a los médicos y ví como se lo llevaban, aterrorizada de no volverlo a ver. Y ahí supe. Tenía 16 años y decidí que iba a ser médica. En lo sucesivo sería yo la que me hiciera cargo de la situación que hiciera falta. Nunca más iba a sentir esa indefensión de no entender nada de lo que pasaba o lo que podía pasar. No sé si la vocación estaba ahí desde que tenía 3 años e iba a ver pacientes con mi mamá o si surgió después, solo sé que a pesar de todo y aún cuando cada tanto atravieso una especie de crisis vocacional, nunca me arrepentí de mi elección. He visto mucho y espero aún ver mucho más, y lo más importante, me divierte. Lo disfruto. Sigo aprendiendo. Y si eso es vocación, entonces sí, yo la tengo. 

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