Cuando era residente de primer año lo que más deseaba, esperaba y quería, aunque veía como un objetivo inalcanzable, eran las vacaciones. Jornadas interminables, guardias día por medio, a pesar de todo lo nuevo y fascinante que estaba aprendiendo y descubriendo, mi único anhelo era descansar por fin… Pero primero había que atravesar el verano, meses preferidos por los residentes superiores para su receso anual, y eso implicaba cubrir las guardias de los que no estaban.

El último día antes de mis tan ansiadas vacaciones, que comenzarían oficialmente el 9 marzo, me bajaron desmayada de quirófano central. Miento si digo que me acuerdo qué pasó, solo recuerdo escuchar al anestesiólogo decir “tiene 70 de máxima, está semimuerta” y de ahí nada más. Me mandaron a mi casa, donde por fin agarré la cama y dormí salvajemente hasta un par de horas antes de tener que salir para Ezeiza, donde me esperaba mi amiga Laura, con la cual iba a viajar.

Todo este preludio es para explicar que ese primer año de residencia, último año del 1 a 1, ahorré lo suficiente como para pagarme mi primer viaje a Europa. Nuestra primera parada fue Londres. Amor a primera vista. Hasta ahora la top total, la más bella, elegante y fascinante de las ciudades que conozco.

Nuestro siguiente destino fue París, y ahí es donde se produjo esta anécdota extraña, la cual estoy convencida de que ocurrió tal cual la recuerdo, no tengo pruebas pero tampoco tengo dudas. 

Desde chiquita siempre tuve una fascinación especial por los grandes cementerios. Mi papá me llevaba frecuentemente a pasear al cementerio de la Recoleta. No es una fascinación morbosa, de ninguna manera, los aprecio por su valor histórico, igual que si se tratara de un museo. Allí reposan los restos de personas que vivieron vidas fascinantes, personajes ilustres, próceres, científicos, músicos, artistas. 

Como era de esperarse, tomando en cuenta lo antedicho, uno de mis objetivos turísticos principales en París iba a ser el cementerio de Pere Lachaise. Allí se encuentran las tumbas de personajes tan famosos como Sarah Bernhardt, Georges Bizet, María Callas, Paul Eluard, Amedeo Modigliani, Camille Pissarro, Óscar Wilde, Jim Morrison y Frederic Chopin, entre muchos otros.

Llegamos a la puerta del cementerio, pero mi amiga Laura y su hermana, con la cual nos habíamos encontrado en París, no quisieron entrar. No todo el mundo disfruta de este tipo de visitas, a decir verdad. Ya estaba ahí, y a pesar de que no me hacía gracia, ya que el cementerio es muy grande, yo no tenía lo que se dice un gran sentido de la orientación, y el panorama se veía bastante solitario, decidí entrar sola.

No tenía plano del cementerio, ya que no habíamos entrado por la puerta principal, pero había visto a la entrada un plano pintado en el muro y más o menos me ubicaba. Empecé a caminar y después de dar un par de vueltas ya no tenía la menor idea de dónde estaba. Para colmo el cielo empezaba a ponerse negro, por supuesto no tenía paraguas ni capucha y no había visto ni una tumba famosa.

No quería volver a reunirme con mis amigas sin ver nada, y si tenía que elegir una entre todas las tumbas famosas que quería visitar, esa era la tumba de Chopin. Siempre me conmovió su historia tanto como su música. Y sabía, porque me lo habían contado, que su tumba, aunque humilde, siempre estaba llena de flores que llevan sus admiradores. 

De repente me tocan el brazo. Al darme vuelta veo a una señora de unos 70 años, bajita, sonriente y toda vestida de negro. Me preguntó si iba a visitar a Jim Morrison, ya que ese día sus fans se congregaban en su tumba para homenajearlo (no sé por qué, ya que su aniversario es en julio). Le expliqué que quería ver la tumba de Chopin, que me había perdido y que no tenía mucho tiempo ya que me estaban esperando en la entrada. Se sorprendió de que alguien tan joven buscara la tumba de Chopin y me dio instrucciones muy precisas para llegar, no era tan sencillo ya que no estaba en una avenida principal. También, por las dudas si cambiaba de opinión, me explicó cómo llegar hasta la tumba de Jim Morrison. Me deseó éxitos, yo le agradecí por su amabilidad y cada una siguió su camino. 

Había caminado un par de pasos cuando me di cuenta de que mi interlocutora me había hablado todo el tiempo en francés. No solo eso, sino que yo le había contestado no puedo asegurar en qué idioma, y ella me había entendido. Yo no hablo ni una sola palabra de francés sacando bonjour y merci, y supongo que la señora tampoco hablaba castellano.

Me dí vuelta, la viejita de ninguna manera podía haber llegado muy lejos, pero ahí ya no había nadie. Un intenso frío me corrió por la espalda. No se veía a nadie por ningún lado, ni se escuchaban pasos. Nada.

Respiré hondo y seguí las instrucciones de la señora, y sin ningún problema llegué a la tumba llena de flores de Frederic Chopin. Al salir me hice también una pasada por la última morada de Jim Morrison, a cuyo alrededor comenzaban a congregarse sus fans. 

Cuando llegué a la entrada me reencontré con mis amigas, pero no les conté nada de lo que me había pasado. Ellas estaban ansiosas por irse de ahí, estaba empezando a llover y yo quería volver al hostel y quedarme a solas para pensar.

No tengo ninguna duda de que lo que me pasó fue real. Aunque siempre vaya transitando esa delgada línea entre creer y no creer. A pesar de estar convencida de que mis sentidos no me engañaron ni mis recuerdos, nítidos como si hubiera sido ayer, me engañan ahora.

Y ustedes, creen en fantasmas?

                      “A Fred Chopin. Ses amis”

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