Tengo un solo hermano, 7 años más grande que yo. Es autista. Autista con el autismo clásico que describió Leo Kanner en 1943. Se llama Daniel, pero siempre le dijimos Yani.

Yani fue un bebé hermoso, de 3750 g, que nació por parto forcipal porque un mal obstetra no respetó a mi madre y no hizo la cesárea que debió haber hecho. Un viejo axioma de la obstetricia dice “la parturienta no debe ver salir el sol 2 veces”. Mi madre vio 2 amaneceres en trabajo de parto. 

Si bien la etiología del autismo es desconocida, se habla del trauma de parto como un factor concomitante o desencadenante. 

El diagnóstico fue a los 3 años de edad, aunque los síntomas habían comenzado alrededor de los 18 meses en forma de regresión; las habilidades propias de los bebés de esa edad que había adquirido fueron desapareciendo. 

No puedo imaginar cómo mis padres, dos treintañeros primerizos y llenos de ilusiones se levantaron al día siguiente de esa devastadora noticia, pero lo hicieron. Se levantaron, trabajaron y buscaron desesperadamente otro hijo que viniera a completar la familia y a asegurar el futuro de Yani cuando ellos no estuvieran. Mamá perdía los embarazos, uno tras otro, hasta que finalmente, gracias a los buenos oficios del reposo y la progesterona, llegué yo. 

Aunque manejaba escaso lenguaje, sus primeras palabras al verme fueron “qué porquería”. Acto seguido me bautizó “la Caraja”. Cuando mamá fue dada de alta del Sanatorio y me llevaron a casa, agarró su almohada profundamente ofendido y se fue a dormir al living, en el suelo. Evidentemente nuestro amor no fue a primera vista. 

Mis primeros años los recuerdo llenos de celos de mi hermano. No entendía por qué mi mamá siempre le daba la mano a él en la calle, y no a mí. Por qué lo atendía primero siempre a él. Por qué no hablaba. Por qué no era como los demás nenes. Pero poco a poco, alrededor de mis cuatro años, empecé a entender. Sobre todo empecé a darme cuenta cuánto me necesitaba, qué importante era yo para él, y que, aún con su problema, podíamos interaccionar como 2 hermanos comunes y corrientes. Nos hicimos una dupla inseparable. Jugamos, peleamos y nos divertimos como cualquier pareja de hermanos. Tiramos cosas por el balcón, hicimos volar todos los discos de mamá pretendiendo que eran la vincha de la Mujer Maravilla (se suponía que tenían que volver a nuestras manos, no estrellarse y hacerse añicos) y nos sentábamos en el suelo pegando una oreja al parlante del tocadiscos para escuchar mejor. Más de una vez soportamos miradas curiosas, insolentes, burlonas. Más de una vez increpé a un extraño: “qué carajo mirás?”. Por suerte eso con el tiempo fue cambiando. Ahora las miradas son más respetuosas, más ubicadas, más pudorosas. 

Yani fue mi compañero de fierro durante todos los años que estudié medicina. Se sentaba a mi lado horas viéndome estudiar, mirando cómo subrayaba los libros (soy una subrayadora compulsiva), incluso una vez quiso ayudarme subrayando él mismo mi libro de Histología. Cuando me veía flaquear, me agarraba de la mano. 

Yani es capaz de dar el amor más puro que puede existir. Entre nosotros nunca habrá resquemores ni malos entendidos. Y lamento profundamente que no los haya. Me duele terriblemente que nunca lleguemos a putearnos, a mandarnos a la mierda, me duele que no haya podido estar en mi casamiento ni en mi jura, ni en el nacimiento de mis hijos, pero mucho más me duele no haber podido estar en los de él. Me duele con el dolor más grande de mi vida que nunca haya podido tener lo que por derecho natural le correspondía. Me duele y me da muchísima bronca.

Una vez leí un cuento “La rosa azul” que se trataba de una nena como Yani. Como el nene que fue Yani. Y es así tal cual, así es como lo veo. Cualquiera puede tener una rosa roja o rosa o blanca, pero las rosas azules son muy raras. Por eso hay que cuidarlas, protegerlas mucho. Y amarlas aún más.

Yani y yo circa 1980

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