No suelo victimizarme. Soy una persona en general sana, excepto por un hipotiroidismo al que no le presto la más mínima atención, y una hernia de disco que me obliga a hacerlo cada vez que decide darme guerra.

Hay una sensación generalizada de que el médico “se cura solo”. O que no se enferma, en los casos más extremos. El médico no tiene fiebre, no siente dolor, no se cansa, y por supuesto, no se muere. Excepto que nada de eso es cierto.

Lamentablemente esta idea es compartida hasta por los mismos colegas. “Pedite un laboratorio” “hacete una plaquita”, nos recomendamos unos a otros,  sin reflexionar que, como seres humanos, merecemos también de vez en cuando ocupar el lugar de pacientes. Sobre todo cuando estamos efectivamente enfermos.

En el año 2005 nació mi primer hijo, por parto normal, y me tocó experimentar en carne propia el abandono que se siente al estar enfermo “por ser médica”.

El parto fue un poquito complicado. Un período expulsivo prolongado que casi deriva en una toma de fórceps, pero que ante mis lágrimas de súplica acabó con mi esposo y el anestesiólogo subidos encima mío, en una salvaje y atropellada maniobra de Kristeller que terminó conmigo desmayada, sin conocimiento (aunque nadie lo notó). Tal es así que me perdí el nacimiento. Volví en mí por mis propios medios, y ahí fue cuando lo oí llorar y nada más importó.

El bebé fue llevado a neonatología, porque tenía una pequeña dificultad respiratoria, y yo a mi habitación. Era casi la medianoche del 14 de agosto, día del niño. Salí de la sala de partos sin poder mover las piernas, cosa que me llamó la atención porque la peridural había sido de conducción, es decir que debí haber podido moverlas. Tampoco durante el trabajo de parto tuve sensación de pujo, pujaba cuando la partera (gran amiga y gran profesional) me lo indicaba. La anestesia había sido más profunda de lo que debía haber sido para el trabajo de parto.

Al día siguiente mi hijo permanecía internado en neonatología, y yo, 15 horas después del parto no había orinado. No tenía sensación ni ganas, nada. Sin embargo había tomado líquidos y había recibido por lo menos litro y medio por vía endovenosa. Pronto empecé a notar que el sangrado aumentaba, si la vejiga se llena excesivamente el útero deja de retraerse.

La cosa pasaba de castaño a oscuro: tenía un globo vesical. Lograr que el médico de guardia viniera a verme: misión imposible. Mi obstetra a su vez estaba de guardia en el hospital. Lo llamo, ya preocupada (era a todas luces evidente que el personal de la clínica pensaba permitir que me desangre), y él consigue que venga la enfermera (el médico bien, gracias) a sondarme para evacuar la vejiga.

Después de sondarme, el sangrado cedió. Logré miccionar normalmente a fuerza de concentración y voluntad. Y 2 días después volvíamos los 3, bebé, esposo y yo, a casa.

Ahí empezó el verdadero calvario. Apenas unas horas después de llegar a casa, chuchos, temblores y dolor lacerante en todo el cuerpo. Temperatura axilar: 40*. Así transcurrieron las siguientes 48 hs, fiebre altísima, chuchos, temblores que asemejaban convulsiones tónico- clónicas. Mi obstetra decía (telefónicamente) “es la subida de la leche”, sin embargo de la leche no había ni noticias.

Al tercer día recién se hizo la luz. Lumbalgia insoportable. Dolor terrible en la micción. Orina color borra de café. Tenía una pielonefritis. Mandé a esposo a comprar un frasco estéril y me auto pedí un urocultivo con antibiograma. Me automediqué con antibiótico, que tuve que auto rotar al recibir el antibiograma ya que el bicho que tenía era resistente a casi todo.

Mientras tanto, mi obstetra, colega y compañero de trabajo me atendía telefónicamente entre aburrido y fastidiado. Faltaba que me diga: “vos sabés todo esto tan bien como yo, por qué no te curás sola?”. En realidad debió haberme internado. La pielonefritis puerperal es potencialmente peligrosa. La paciente puede terminar muerta, o insuficiente renal. Se ve que no era mi hora.

Los médicos somos personas. Tenemos derecho a enfermarnos, y de hecho lo hacemos. A veces estamos mal, muy mal. Muchas veces sentimos dolor. Y muchas más veces tenemos miedo. Porque, precisamente, sabemos.

No debemos aceptar que se nos trate como médicos cuando somos pacientes. A veces necesitamos depender de alguien más.

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